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martes, 17 de abril de 2012

Inventario

Tengo tiempo suficiente para escribir hasta que se acabe la batería de la computadora, pero no suficientes cosas para escribir en tanto tiempo. Tengo una coneja, dos jerbos, dos peces beta, cada uno en su respectiva copa, en el lavabo del baño de arriba. Mañana por la mañana tal vez ocupen su lugar en la repisa de las tortugas. Tengo una cama con su mosquitero, mi colección de velas y una que otra caja curiosa, cada una con sus respectivas cosas curiosas en el interior. Tengo cuatro cajones de cartón y una caja llenos de materiales de dibujo, de pintura y un restirador, cuatro juegos de escuadras completos y dos incompletos. Una lámpara de estudio, luz eléctrica y una computadora con illustrator, photoshop y algunos otros programas de diseño que uno uso y/o desconozco. Una cámara reflex 35mm y más cuadernos de los que uso para escribir. Tengo más recuerdos desagradables de los que me gustaría contar, dos casi-muertes y varias despedidas amargas. Tengo en los ojos un brillo especial que muchos han tratado de describirme y yo aún no alcanzo a comprender. Tengo una soberbia del tamaño del mundo, más paciencia de la que soy capaz de tolerar y menos gula de la que me gustaría tener. Un librero lleno de libros, un tercio literatura, un tercio artes y otro tercio espiritualidad. Menos amigos de los que se cuentan con una mano, no suficientes conocidos y pocas ganas de conocer gente. Ocho dedos que uso para escribir en teclado y dos que no se creen suficientemente fuertes. Tengo más tiempo del que necesito para vivir y menos del que me gustaría tener. Ganas de conocer el mundo y tomarle fotos, tanas como de quedarme hasta tarde cada mañana acurrucada en mi cama. Tengo un techo sobre mi cabeza, más ropa de la que necesito y más comida de la que puedo comer. Tengo un novio maravilloso, una madre incomparable y un hermano que me ama.


¿Qué más podría pedir?

miércoles, 6 de julio de 2011

La primera tortuga


Habré tenido unos 6 o 7 años, fue en una de tantas salidas de vacaciones que recuerdo con mi familia durante mi infancia. Mi papá, mi mamá, mi hermano y yo, embarcados en un coche que ya era viejo cuando lo compraron; un LeBaron guinda, si mi memoria no falla. En sea ocasión fuimos a Acapulco, en un tiempo en el que sus playas aún no olían a petroleo. He de decir que es poco lo que recuerdo de ese viaje, y casi podría decir que la única razón por la que lo recuerdo es por mi tortuga-alahero de barro.

Me hospedé con mi familia en un hotel que, a los ojos de una niña de 6-7 años, era enorme. Recuerdo paredes blancas y jardines, no lo suficiente como para reconocerlo hoy. La cosa es que una tarde apareció por ahí un señor con figuras de barro, pintadas de blanco con líneas negras. La idea era que cada quién debía pintar la suya. Yo elegí una tortuga, y por supuesto, la pinté de muchos colores. El señor nos dijo que nos dejaría nuestras figuras en la recepción para que pasaramos por ellas en la mañana, porque debía hornear la pintura y barnizarlas. Lo curioso del caso fue que al día siguiente, cuando bajé por mi tortuga, resultó que alguien más se había llevado la que yo había pintado y dejado la suya en su lugar. Todos opinaban que la mía había quedado mejor, para empezar porque era simétrica y la base no era verde, como sería lo lógico. Claro que me entristeció y mucho, pero aún así quise la tortuga que me quedaba, y aún hoy la considero uno de mis más grandes tesoros.