Mostrando entradas con la etiqueta vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vida. Mostrar todas las entradas
martes, 3 de septiembre de 2013
Dejarme estar viva
Qué mejor momento que los primeros días de Septiembre para comenzar una nueva vida. Con corte de pelo nuevo, actitud nueva y una que otra decisión que seguramente me hará quedar como la loca frente a mi familia una vez más. Pero parte de esta nueva actitud incluye hacer lo que se me dé la gana sin importarme lo que nadie, principalmente mi familia, opine a cerca de mis locuras. Tal vez sí me haga más feliz dar clases de dibujo para niños que estudiar arquitectura, tal vez no. No ganaré tanto como dentro de treinta años en caso de que hubiera decidido terminar arquitectura, pero seré más feliz y podré cortarme y pintarme el pelo tan ridículo como sea posible, viajar a donde quiera cuando quiera y con quien quiera, dejarme ser libre, loca, porque son esas las extravagancias que se les permiten a los artistas pero no a los arquitectos, a los oficinistas cualquiera que creen que mientras más dinero tengan mejor estarán aunque eso los haga profundamente infelices. No, yo no quiero eso, yo quiero ser feliz y no me rendiré fácilmente, no dejaré que mis miedos me invadan sino que dejaré que me fortalezcan, como lo han hecho en el pasado.
Me emociona. Tomar esta decisión me hace sentir una felicidad prematura que la arquitectura nunca me causó. No significa que dejaré este hábito que tanto me ha costado tomar de dormir tarde y despertar temprano, porque de eso se trata la vida, de estar vivo. La vida no es séptica, no es encapsulable ni ordenada, no es algo que puedas limitar, la vida es peligrosa, y siempre encuentra su camino. Y yo pretendo dejarme estar viva.
jueves, 27 de junio de 2013
Cicatrices
La primera vez que me quité las muñequeras me sentí desnuda. Como, completamente desnuda, todos mis secretos al descubierto, todo lo que siento y lo que soy, desnuda. Metía mis manos en los bolsillos, usaba blusas de manga larga porque, a pesar de que había tomado la desición, las cicatrices me daban vergüenza, una vergüenza que me era antes desconocida. Estaba desnuda, en especial mi muñeca izquierda. Me preocupaba que en una de esas alguien me preguntara por ella, ¿Qué le diría? ¿Cómo mentir a cerca de algo así? ¿Cómo ocultar lo que realmente era?. Me tomó bastante más de un año acostumbrarme, y tal vez lo logré porque nunca nadie preguntó. Los que me conocían realmente, lo sabían, los que no, nunca lo harían. Eventualmente se convirtieron en un recordatorio de algo que deseaba nunca haber sido, jamás, un pasado tormentoso del que me arrepentía, un pasado que las cicatrices nunca me permitirían olvidar. Solía pensar que sería así el resto de mis días, que era como el tatuaje que no me atreví a hacerme, algo que me definiría toda mi vida y que no me arrepentiría. Claro que, en realidad, sí me atreví y sí lo hice, me hice el tatuaje. Y sí, también me arrepentí, y mucho. A pesar de que ahora no trato de esconderlas como antes, sino que al contrario, procuro no usar ni una pulsera -no por exhibirlo, sino por no negarlo-, siguen siendo algo de lo que me avergüenzo.
Alguna vez escribí cómo era, con lujo de detalle. El momento antes, durante y después. No sé si me gustaría saber dónde lo escribí, no sé si me gustaría volverlo a leer. No sé si sería capaz, pero recuerdo algunos fragmentos. Hace poco, un paseo de fin de semana con mi primo de 9 años, recordé de dónde salió ese afán mío de no olvidar detalle de mi vida. Cuando era niña la gente ignoraba lo que decía, me trataba como idiota, no me tomaban en cuenta para nada, me decían que era tonta en cada oportunidad que tenían, que rompía cosas, que era mala en matemáticas, que sacaba malas calificaciones. Nadie me entendia cuando hablaba, era tartamuda. Nadie a excepción de mi madre. Un día sentí que de alguna manera estaba creciendo, que estaba madurando, sentí mucho miedo. El mundo comenzó a encogerse ante mis ojos y yo le temí a las alturas, temí que si me convertía en uno de esos hombres adultos que me ignoraba, tal vez un día yo podría herir a un niño como me habían herido a mi. Y sentí más miedo. Decidí que no podía olvidar lo que era ser niña, decidí que jamás me permitiría olvidar, y comencé a escribir. Estaba en la secundaria, mismo tiempo en que comenzaron a aparecer, una a una, las cicatrices.
Alguna vez me preguntaron por qué lo hacía, si quería sentir dolor, por qué no hacer algo que no dejara tantas marcas. La verdad es que nunca dolió. Otra vez me preguntaron que por qué no esperaba para ver mi sangre cada mes. Y ese tampoco era el punto, esa pregunta sólo logró ofenderme. Lo hacía porque me hacía sentir más cerca del final, de la muerte, de ese punto en el que todas las tormentas quedarían atrás. No hacerlo realmente profundo no era cobardía ante la muerte, sino ante la vida. La media-muerte era el refugio que me quedaba ante un mundo hostil y mal encuadrado que me atacaba sin darle yo alguna razón aparente. Solía emborracharme sola en las noches para escapar de la realidad, y temí que en alguna de esas noches la navaja fuera a llegar más lejos de lo esperado. Un día decidí vivir y dejé de tomar, dejé de fumar, y dejé de cortar mi muñeca, pero pasaron años para que esto pasara.
Se llamaba María la chica que me enseñó que aquello era posible, aunque el suyo, el que me enseñó, era sólo un rasguño, como cuando te rascas con una uña rota. La primera vez que yo lo hice corté mi brazo completo, una sóla línea, larga. Mi hermano la vió y sospechó lo que era. Le dije que alguien me había rasguñado por accidente, jugando. Le mentí. Me compré una muñequera de piel negra en Coyoacán y reduje el tamaño de las heridas, pero aumenté su profundidad. No dolía, no. No temía al dolor antes de hacerlo, me emocionaba ver la navaja cerca de mi piel y poco a poco sentirla desgarrándome, recuerdo la sensación, ahora me parece bastante desagradable. Pero en ese entonces era mi alivio, mi refugio, de pronto empezaba a sangrar, y de alguna manera todo estaba mejor, como si fuera posible que así escapara algo, un poco aunque fuera, de esa maldita tristeza, de esa melancolía. No dolía hasta después, y entonces la culpa y la vergüenza ganaban, la tristeza golpeaba más fuerte y yo decidía encerrarme hasta que no se notara que había llorado. Y usualmente lo hacía más de una vez en un día, seguido no había sanado la anterior cuando hacía la siguiente. Podía pasar días encerrada en mi habitación, sin comer, a penas tomando agua, nadie notaba si yo no estaba alrededor, nadie se preocupaba por mi o nadie parecía hacerlo. Nunca jamás me sentí más sola, más invisible. Pensaba que no había nada en mi rescatable y me dedicaba a llorar mi soledad, decía que robaba el aire de los vivos, que yo no lo estaba, que sólo era un desperdicio de espacio, de carne, de aire, de comida, de tiempo, de humano. Y procuraba no respirar demasiado, no comer, no estorbar. Al principio dolía cuando algo o alguien tocaba la muñequera por accidente, cuando me vestía, siempre de negro. Eventualmente la zona se volvió insensible, hasta la fecha, ahí, todo lo que siento es temperatura. Es realmente extraño, por eso no me gusta que me toquen.
Recuerdo claramente algo que me dijo mi primer novio "oficial", me dijo, "me duele más a mi que a ti cuando haces eso", y tenía razón, a mi no me dolía. Traté de dejarlo entonces, pero no pude. Ahora sé que ese tipo de sustancias, esas sustancias que genera el cerebro, causan adicción, no muy diferente a la adicción al cigarro o al alcohol, no muy diferente de cualquier droga. Entonces no lo sabía y me llamé cobarde, seguí haciéndolo mucho tiempo después, aún hoy a veces me encuentro llamándome cobarde, sabiendo que la verdad es que no lo soy. Pasaron años todavía después de eso para que realmente dejara de hacerlo, años y mucho trabajo, trabajo que en su tiempo no me pareció que fuera a llevar a ningún lado.
Fue otro novio "oficial" el que me llevó, casi a la fuerza, a un lugar en el que enseñaban un "Método Silva de control mental". Le comenté que la cosa aquella existía, y él, cosa que yo no sabía, estaba desesperado por sacarme de ese torbellino oscuro del que me negaba a salir. Todavía escribía en cuadernos en lugar de un blog, un cuaderno totalmente privado que se suponía nadie vería jamás. No era, sin embargo, como un diario. En él procuraba retratar todo aquello que me negaba a olvidar, no eventos sino sensaciones, colores, aromas, sentimientos. Me retrataba a mi misma y mis ganas de volar lejos, lejos. Eran cuadernos de forma francesa, cuadro chico, scribe de esos de pasta plástica. En la hoja del final ponía un punto por cuadrito cada vez que pensaba en quitarme la vida, decía que si un día esa hoja se llenaba, antes de que se acabara el cuaderno en turno, lo haría, sin miedo, sin mirar atrás. Pensaba que si lo pensaba tanto era porque realmente lo quería, y que un día la hoja se iba a llenar y entonces ya nada valdría la pena. Más de una vez la hoja pasó de los tres cuartos. Un día él me confesó que abría mis cuadernos seguido para confirmar que esa hoja no se llenara, él tenía miedo, también, de mis pensamientos suicidas.
Fue en uno de esos cuadernos en el que tomé notas de aquél primer curso de cosas espirituales al que me llevaron a rastras a pesar que que fue mi idea en primer lugar. Entré al salón sin prejuicios y sin embargo sintiéndome ajena totalmente a esa gente que me decía que "pensara positivo", que "todo estaría bien", que "no había nada mal en mi". Una parte de mi decía "PENDEJADAS!", y procuraba escapar. Otra parte se sintió en casa y al final, fue esa pequeña Sofía en mi oido izquierdo, diciéndome que el camino está y siempre ha estado bajo mis pies, quien me mantuvo de pie, como los árboles, muriendo y naciendo a ciclos que aún hoy parecen interminables. Pasaron varios años antes de convencerme de la existencia de un mundo no-material, un mundo mejor y para nada inalcanzable, que podía hacer que ese torbellino oscuro se convirtiera en suave brisa rosa con brillos dorados. En ese entonces no lo sabía que eso fuera posible.
Se llama Diana la mujer que me dio uno de los mejores regalos que me han dado en la vida, una alberca tibia y sapos gigantes, aún cuando fue sólo un fin de semana. Se llama Diksha la cosa espiritual que me enseñaron. Aunque yo conocía ya algo de un mundo espiritual, inmaterial e inalcanzable, separado de mi y de Dios mismo, no encontré hasta entonces el impulso para por fin dejarme llevar por la corriente. Lo hice literalmente cuando, en el río que cruza el terreno, lancé lo más lejos que pude la última pulsera negra que usaría en mi vida. Fue entonces cuando llegué a creer que había encontrado el camino a casa, y no estaba en Coyoacán. Tampoco en la casita blanca junto al río, con su árbol de capulín y su techo con vista panorámica, sino aquí en mi pecho, latiendo día tras día sin cansarse y susurrando en cada impulso de vida que no nací para ser poca cosa, que no nací para pasar desapercibida, que nací porque merezco el aire que respiro y mucho más que eso.
Tal vez a la fecha no sé quién soy en su totalidad. Tal vez hay cosas que nunca cambian y pasarán varios años más para que se terminen los torbellinos del todo. Tal vez de eso se trata la vida y no termine hasta mi muerte. Tal vez hay cosas del pasado que por más que no queremos nos marcan en el alma, y por eso no tendría sentido borrar las cicatrices físicas, porque siguen en mi corazón. Al menos hoy me conozco un poco más y me agrado, soy adorable, pero no creo haberme visto nunca de frente. Sin embargo el camino ante mis pies se extiende y planeo seguirlo, aún con miedo, con manías depresivas, dislexia y déficit de atención. Es verdad que mi cerebro es defectuoso pero es él mismo el que me hace especial, diferente a los demás, por él sobresalgo. Recorreré este mundo con la mirada en alto porque sé lo que hay debajo, porque conozco los torbellinos y conozco esa soledad, ese mundo al que ya no pertenezco. Uno de estos días me saldré a volar para encontrar allá, en el cielo, cerquita de Dios, la felicidad. Usaré un traje que me haga libre, para volar lejos, lejos, un traje Violeta Jacaranda.
Alguna vez escribí cómo era, con lujo de detalle. El momento antes, durante y después. No sé si me gustaría saber dónde lo escribí, no sé si me gustaría volverlo a leer. No sé si sería capaz, pero recuerdo algunos fragmentos. Hace poco, un paseo de fin de semana con mi primo de 9 años, recordé de dónde salió ese afán mío de no olvidar detalle de mi vida. Cuando era niña la gente ignoraba lo que decía, me trataba como idiota, no me tomaban en cuenta para nada, me decían que era tonta en cada oportunidad que tenían, que rompía cosas, que era mala en matemáticas, que sacaba malas calificaciones. Nadie me entendia cuando hablaba, era tartamuda. Nadie a excepción de mi madre. Un día sentí que de alguna manera estaba creciendo, que estaba madurando, sentí mucho miedo. El mundo comenzó a encogerse ante mis ojos y yo le temí a las alturas, temí que si me convertía en uno de esos hombres adultos que me ignoraba, tal vez un día yo podría herir a un niño como me habían herido a mi. Y sentí más miedo. Decidí que no podía olvidar lo que era ser niña, decidí que jamás me permitiría olvidar, y comencé a escribir. Estaba en la secundaria, mismo tiempo en que comenzaron a aparecer, una a una, las cicatrices.
Alguna vez me preguntaron por qué lo hacía, si quería sentir dolor, por qué no hacer algo que no dejara tantas marcas. La verdad es que nunca dolió. Otra vez me preguntaron que por qué no esperaba para ver mi sangre cada mes. Y ese tampoco era el punto, esa pregunta sólo logró ofenderme. Lo hacía porque me hacía sentir más cerca del final, de la muerte, de ese punto en el que todas las tormentas quedarían atrás. No hacerlo realmente profundo no era cobardía ante la muerte, sino ante la vida. La media-muerte era el refugio que me quedaba ante un mundo hostil y mal encuadrado que me atacaba sin darle yo alguna razón aparente. Solía emborracharme sola en las noches para escapar de la realidad, y temí que en alguna de esas noches la navaja fuera a llegar más lejos de lo esperado. Un día decidí vivir y dejé de tomar, dejé de fumar, y dejé de cortar mi muñeca, pero pasaron años para que esto pasara.
Se llamaba María la chica que me enseñó que aquello era posible, aunque el suyo, el que me enseñó, era sólo un rasguño, como cuando te rascas con una uña rota. La primera vez que yo lo hice corté mi brazo completo, una sóla línea, larga. Mi hermano la vió y sospechó lo que era. Le dije que alguien me había rasguñado por accidente, jugando. Le mentí. Me compré una muñequera de piel negra en Coyoacán y reduje el tamaño de las heridas, pero aumenté su profundidad. No dolía, no. No temía al dolor antes de hacerlo, me emocionaba ver la navaja cerca de mi piel y poco a poco sentirla desgarrándome, recuerdo la sensación, ahora me parece bastante desagradable. Pero en ese entonces era mi alivio, mi refugio, de pronto empezaba a sangrar, y de alguna manera todo estaba mejor, como si fuera posible que así escapara algo, un poco aunque fuera, de esa maldita tristeza, de esa melancolía. No dolía hasta después, y entonces la culpa y la vergüenza ganaban, la tristeza golpeaba más fuerte y yo decidía encerrarme hasta que no se notara que había llorado. Y usualmente lo hacía más de una vez en un día, seguido no había sanado la anterior cuando hacía la siguiente. Podía pasar días encerrada en mi habitación, sin comer, a penas tomando agua, nadie notaba si yo no estaba alrededor, nadie se preocupaba por mi o nadie parecía hacerlo. Nunca jamás me sentí más sola, más invisible. Pensaba que no había nada en mi rescatable y me dedicaba a llorar mi soledad, decía que robaba el aire de los vivos, que yo no lo estaba, que sólo era un desperdicio de espacio, de carne, de aire, de comida, de tiempo, de humano. Y procuraba no respirar demasiado, no comer, no estorbar. Al principio dolía cuando algo o alguien tocaba la muñequera por accidente, cuando me vestía, siempre de negro. Eventualmente la zona se volvió insensible, hasta la fecha, ahí, todo lo que siento es temperatura. Es realmente extraño, por eso no me gusta que me toquen.
Recuerdo claramente algo que me dijo mi primer novio "oficial", me dijo, "me duele más a mi que a ti cuando haces eso", y tenía razón, a mi no me dolía. Traté de dejarlo entonces, pero no pude. Ahora sé que ese tipo de sustancias, esas sustancias que genera el cerebro, causan adicción, no muy diferente a la adicción al cigarro o al alcohol, no muy diferente de cualquier droga. Entonces no lo sabía y me llamé cobarde, seguí haciéndolo mucho tiempo después, aún hoy a veces me encuentro llamándome cobarde, sabiendo que la verdad es que no lo soy. Pasaron años todavía después de eso para que realmente dejara de hacerlo, años y mucho trabajo, trabajo que en su tiempo no me pareció que fuera a llevar a ningún lado.
Fue otro novio "oficial" el que me llevó, casi a la fuerza, a un lugar en el que enseñaban un "Método Silva de control mental". Le comenté que la cosa aquella existía, y él, cosa que yo no sabía, estaba desesperado por sacarme de ese torbellino oscuro del que me negaba a salir. Todavía escribía en cuadernos en lugar de un blog, un cuaderno totalmente privado que se suponía nadie vería jamás. No era, sin embargo, como un diario. En él procuraba retratar todo aquello que me negaba a olvidar, no eventos sino sensaciones, colores, aromas, sentimientos. Me retrataba a mi misma y mis ganas de volar lejos, lejos. Eran cuadernos de forma francesa, cuadro chico, scribe de esos de pasta plástica. En la hoja del final ponía un punto por cuadrito cada vez que pensaba en quitarme la vida, decía que si un día esa hoja se llenaba, antes de que se acabara el cuaderno en turno, lo haría, sin miedo, sin mirar atrás. Pensaba que si lo pensaba tanto era porque realmente lo quería, y que un día la hoja se iba a llenar y entonces ya nada valdría la pena. Más de una vez la hoja pasó de los tres cuartos. Un día él me confesó que abría mis cuadernos seguido para confirmar que esa hoja no se llenara, él tenía miedo, también, de mis pensamientos suicidas.
Fue en uno de esos cuadernos en el que tomé notas de aquél primer curso de cosas espirituales al que me llevaron a rastras a pesar que que fue mi idea en primer lugar. Entré al salón sin prejuicios y sin embargo sintiéndome ajena totalmente a esa gente que me decía que "pensara positivo", que "todo estaría bien", que "no había nada mal en mi". Una parte de mi decía "PENDEJADAS!", y procuraba escapar. Otra parte se sintió en casa y al final, fue esa pequeña Sofía en mi oido izquierdo, diciéndome que el camino está y siempre ha estado bajo mis pies, quien me mantuvo de pie, como los árboles, muriendo y naciendo a ciclos que aún hoy parecen interminables. Pasaron varios años antes de convencerme de la existencia de un mundo no-material, un mundo mejor y para nada inalcanzable, que podía hacer que ese torbellino oscuro se convirtiera en suave brisa rosa con brillos dorados. En ese entonces no lo sabía que eso fuera posible.
Se llama Diana la mujer que me dio uno de los mejores regalos que me han dado en la vida, una alberca tibia y sapos gigantes, aún cuando fue sólo un fin de semana. Se llama Diksha la cosa espiritual que me enseñaron. Aunque yo conocía ya algo de un mundo espiritual, inmaterial e inalcanzable, separado de mi y de Dios mismo, no encontré hasta entonces el impulso para por fin dejarme llevar por la corriente. Lo hice literalmente cuando, en el río que cruza el terreno, lancé lo más lejos que pude la última pulsera negra que usaría en mi vida. Fue entonces cuando llegué a creer que había encontrado el camino a casa, y no estaba en Coyoacán. Tampoco en la casita blanca junto al río, con su árbol de capulín y su techo con vista panorámica, sino aquí en mi pecho, latiendo día tras día sin cansarse y susurrando en cada impulso de vida que no nací para ser poca cosa, que no nací para pasar desapercibida, que nací porque merezco el aire que respiro y mucho más que eso.
Tal vez a la fecha no sé quién soy en su totalidad. Tal vez hay cosas que nunca cambian y pasarán varios años más para que se terminen los torbellinos del todo. Tal vez de eso se trata la vida y no termine hasta mi muerte. Tal vez hay cosas del pasado que por más que no queremos nos marcan en el alma, y por eso no tendría sentido borrar las cicatrices físicas, porque siguen en mi corazón. Al menos hoy me conozco un poco más y me agrado, soy adorable, pero no creo haberme visto nunca de frente. Sin embargo el camino ante mis pies se extiende y planeo seguirlo, aún con miedo, con manías depresivas, dislexia y déficit de atención. Es verdad que mi cerebro es defectuoso pero es él mismo el que me hace especial, diferente a los demás, por él sobresalgo. Recorreré este mundo con la mirada en alto porque sé lo que hay debajo, porque conozco los torbellinos y conozco esa soledad, ese mundo al que ya no pertenezco. Uno de estos días me saldré a volar para encontrar allá, en el cielo, cerquita de Dios, la felicidad. Usaré un traje que me haga libre, para volar lejos, lejos, un traje Violeta Jacaranda.
Etiquetas:
consejos,
crecer,
felicidad,
historias,
humanos,
Importante,
memoria,
razones para creer,
te amo,
tiempo,
vida,
volar
sábado, 14 de abril de 2012
Arquitectura
Los fantasmas que nos atormentan siempre han tenido y siempre tendrán sus respectivos nombres. Curioso; uno le teme al nombre no por el nombre en sí sino por todo lo que el nombre implica: El nombre implica el concepto. Luego entonces uno teme al concepto y no al nombre. Pero, ¿Qué sería entonces el nombre sin el concepto? ¿Cómo puede uno temerle a un concepto? Es algo simple, una idea, información almacenada en la matrix que en esta tercera dimensión toma forma física con el único propósito de atormentarnos. Pero cuando a uno le preguntan "¿A qué le tienes miedo?", uno no define un concepto, sino dice un nombre. Honestamente, en este momento, yo misma no sé si me entiendo. Yo qué sé, por años estuve orgullosa de no saber decir a qué le tenía miedo, llegué incluso a creer que no tengo fobias del todo. Ilusa, boba, niña. Resulté ser claustrofóbica, resulta que siempre lo he sido y no lo sabía. Y al parecer esa sensación extraña que me causa la sangre es también debida a una fobia. Otra fobia que muchos probablemente considerarían ilógica es esa que me mantivo siendo una de los tantos "ninis" de los que tanto hablan en los noticieros; Mi miedo a aprobar un examen de admisión. Se me llegó a hacer costumbre presentarlos, algunas veces con esperanza, otras con amorodio, otras con puro odio. Esta última vez lo hice como reflejo mecánico para mantener contenta a mi madre, se me ocurrió la brillante idea de decir que estudiaba y no hacerlo, con la simple intención de presentar ante la familia un papelito que avalara que sí hago algo para intentar ser "alguien presentable ante la sociedad". No abrí un libro, compré la guía pensando en no abrirla ni por accidente, esperé pacientemente el día del examen como esperando a los Reyes Magos a los 18 años de edad. Estoy segura de que yo me sorprendí más que mi madre cuando el dos de Abril me llegó un mail para alumnos de la UAM-X. Aún no acabo de comprender cómo fue que pasó eso. Hice el examen bajo el slogan "Si Dios quiere, así será", pensando que él mostraría compasión y no me pondría una vez más en el infierno. No sé si eso me hace tener esperanza, si me da a entender que Dios piensa que sí puedo con las matemáticas, o si me obliga a pensar que aún le debo algo a alguien. Hoy completé el trámite de inscripción, como quien camina a la horca resignado, o tal vez pensando en enfrentarme al monstruo por última vez.
lunes, 25 de julio de 2011
Yo sé que aún soy joven
¿Cuántas veces en la vida se puede ser joven?. No me mal entiendas, aún sigo siendo joven, aún me siento joven. Es sólo que a veces me da por ponerme a pensar, a navegar por el mar de la memoria. Y hoy me dio la impresión de que, gota a gota, ese mar se va volviendo océano. Me estoy sintiendo vieja. No lo soy. A veces es una canción la que me hace volver, lo que me hace recordar, como ya lo he dicho antes. No me había dado cuenta de cuánto tiempo llevaba sin recordarlo, hasta que escuché, casi por accidente, aquella canción de nuevo. Esa misma que escuchaba para sentirlo cerca el tiempo que estuve sin él, y lo quise. ¿Cuántas veces uno puede enamorarse como adolescente?, como de ese primer amor platónico que todos sufrimos pero pocos decimos. ¿Cuántas veces en la vida se puede ser joven?, y llorar una y otra vez por un hombre que no vale la pena. No me malinterpretes, yo sé que soy aún joven. Es sólo que a veces me confundo y me da por pensar que la vida se me acaba, y cuando miro atrás me doy cuenta de todo aquello que ha quedado en el pasado y no volverá, de todas aquellas gotas que van haciendo de mi mar un océano, de todas las marcas, cicatrices, fotos viejas, amores caducados, colillas de cigarro, manchas de pintura, óxido de joyas amadas, objetos del baúl y demás mementos de vidas pasadas, de mi vida pasada. Mi mar se vuelve océano y yo frente a mi computadora. Me encontré una cana el otro día, y no me pareció divertido.
¿Cuántas veces en la vida se puede ser joven?, para poder presumirle al mundo una piel perfecta, sin arrugas marcas ni cicatrices; esa inocencia que sólo un niño puede tener.
Yo sé que aún soy joven.
jueves, 7 de julio de 2011
Una taza de chocolate me hace pensar que...
Siempre me ha parecido curiosa la forma en que se desarrollan las cosas, las formas en que uno evoluciona, las formas en que cambia la vida. Si he de ser honesta, hace un par de años, cuando me preguntaron qué quería hacer de mi vida, jamás me hubiera imaginado que sería la mitad de lo feliz que hoy soy. No te podría decir si me arrepiento, si me gusta o no, si hubiera querido otra cosa. Estoy segura de que si las cosas hubieran sido diferentes y la realidad hubiera sido otra, no tendría idea de que esta "realidad alterna" fuera siquiera posible y no lo extrañaría, no lo sentiría perdido porque en realidad, nunca fue una opción. No podría expicarte porqué es que siento que esta vida que hoy vivo, no estaba destinada a ser. Que en algún momento de mi pasado, tomé a la derecha cuando en el libro decía que debía tomar a la izquierda, ¿Me explico? No sabría cómo explicarte qué es eso que me hace pensar que hay algo, un registro de posibles futuros, un libro de direcciones pre-programadas, un plan para cada uno de nosotros y que, esto, que estoy viviendo, no era parte del plan. No era parte de mi plan.
Y te diré que no se me ocurre una forma en que las cosas podrían haber sido mejores...
domingo, 3 de julio de 2011
Café, lluvia, tortugas y demás clichés...
Comencé a escribir esta entrada como un comentario a una entrada de otro blog; (inserte olorsito café-canela)
Recuerdo que de niña, cuando pasaba en las noches por la casa del niño que me gustaba (el primero), siempre olía a café con canela. Su mamá lo hacía, cada noche. Al final recuerdo más los paseos nocturnos que al niño aquél. Ese año llovió mucho, fue más o menos en ese tiempo que aprendí a mojarme con la lluvia y a saltar a los caracoles que, en las noches de lluvia, salen al cemento por alguna razón que aún hoy desconozco. Nunca me ha caido bien la gente que camina bajo la lluvia sin tener cuidado de no pisar los caracoles. Fue mucho tiempo después que encontré los paragüas, y me enamoré de ellos. Descubrí que existía una forma de caminar bajo la lluvia y no tener frío que, a demás de todo, se ve genial. Mi paragüas actual es morado, el anterior fue rojo si mal no recuerdo y el siguiente será rosa o amarillo; Me prometí a mi misma que nunca usaría un paragüas aburrido. Un paragüas extravagante está en la lista de cosas que jamás sería un error regalarme, como las tortugas o las bufandas o las cajas o los candados y en general cualquier cosa curiosa, que se salga de lo ordinario, que tenga algo de divertido. Tengo una colección de cada una de esas cosas y cada una de ellas tiene su historia particular. Un día de estos empezaré a clasificarlas y escribir sobre ellas, sería divertido, al menos para mi. Probablemente lo haga aún si nadie más piensa que es divertido.
viernes, 24 de junio de 2011
Cherry blossom
No recuerdo cuándo fue la última vez que comencé a escribir sin tener idea de qué es lo que quiero decir. Tenía tiempo también que no abría la ventana para ver llover, y hoy hago esas dos cosas como si nunca lo hubiera dejado de hacer. También encendí un cigarro y fumé casi bajo la lluvia. También eso lo extrañaba. Supongo que traté de olvidar un poco de quién era, de quién sigo siendo. Quise pensar que cambiaría de la noche a la mañana y a penas hoy me di cuenta de que las cosas simplemente no pasan así, de la nada. No, nada fue así, de la nada, no esperaba que lo fuera. Se me olvidó quién soy por un momento, se me olvidó que tuve mis razones para convertirme en la mujer que soy ahora, para dejar atrás a la niña que fumaba porque era poético, que traía las uñas pintadas de negro y el cabello rosa para llamar la atención. Sí, sé que dije que no lo hacía por eso, pero supongo que todos en algún momento debemos llegar al punto de reconocer nuestros nuestros desatinos, nuestros errores. Y supongo también que aquél que no lo hace seguirá siendo un niño por siempre. No, tampoco digo que ya no soy una niña, aunque eso sea lo que quiero creer. Lo que digo es que ya no quiero ser esa niña, que si por alguna razón debería destacar, no es por mi cabello ni mi forma de vestir sino por lo que soy, porque debo ser la mejor aunque los demás no lo crean, que debo al menos intentarlo, sabiendo que aún si no lo logro seguiré siendo yo y que pase lo que pase, no me dejaré vencer por la vida. No de nuevo, no puedo dejarme caer, no otra vez, no pienso hacerlo. Y no pienso tampoco seguir sola por este camino que la vida puso bajo mis pies. Me tardé tal vez demasiado en comprender que, aunque la soledad sea cómoda, siempre será triste. Tienes que entender que pasé sola mucho tiempo y que es difícil para mi acostumbrarme, hacer espacio en mi vida para alguien más, sea amigo, pareja o familiar. Estoy acostumbrada a estar sola y quiero cambiar eso. Estoy acostumbrada a vivir por mi, para mi, como yo quiero y cuando yo quiero. Es cómodo, sí, but it gets really lonely. Y no quiero eso, no otra vez. Ya no quiero que me digan que soy una princesa, quiero tratar de tenerle fé a la humanidad de nuevo, aunque de nuevo me paguen con una mala moneda. Quiero arriesgarme a ser feliz otra vez, y no quiero hacerlo sola.
Would you come with me?
Etiquetas:
consejos,
crecer,
felicidad,
Fotografías,
humanos,
Importante,
lluvia,
soledad,
vida,
volar,
volver
lunes, 6 de junio de 2011
De tormentas y soledades
Desde mi ventana se ve la luna, y en lugar de fumarme un cigarro, me como una manzana. No diré que un cigarro no fue mi primera opción. Apagué las luces por costumbre y comencé a escribir por inercia. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí por gusto, con calma, sin miedo. Tenía mucho tiempo que no me sentía como yo, como lo que soy ahora. Tenía mucho tiempo sin ver la luna. Y ella, se ríe de mi con cariño. Se ríe conmigo. Por la ventana abierta entra una brisa fría, con unos cuantos moscos y el canto de los grillos. Afuera la noche se mece tranquila sin pensar que, aquí adentro, alguien piensa en ella. Alguien se mece con ella, se acurruca en ella. Aquí adentro todo parece volver a la normalidad, y nadie parece darse cuenta. A veces se me olvida que, las tormentas internas, suelen quedarse adentro, nacer, vivir y morir adentro. Y tal vez así es como debe ser. Tal vez al final siempre estuve y estaré sola, así que se me ocurre pensar que la única forma que tengo de ser feliz, es encontrar grata mi propia compañía. "¿Y eso cómo se hace?", suena una voz en mi cabeza. Y eso... cómo se hace?
lunes, 11 de abril de 2011
Baby hummingbird
Etiquetas:
razones para creer,
vida,
video
martes, 1 de marzo de 2011
Callar
Después de tanto escribir y borrar en el msn he adquirido práctica; Un par de veces me llegó a pasar que daba enter en lugar de delete. Eso me trajo más de un problema, y una que otra situación divertida. Un novio, de hecho, que todavía recuerdo. Pero sí, más problemas que diversiones. Me pregunto qué sería de mi vida si no tuviera ese filtro entre la lengua y los dientes, qué pasaría si dijera todo lo que pasa por mi mente. Llegué a la conclusión de que no quería saber, al final dije lo que dije porque quise y callé lo que creí apropiado callar, y nadie ni nada ha influido nunca en esa desición. Mis comentarios pueden ser hirientes para muchos, pero sólo cuando no es mi intención. Nunca he sido capaz de herir a alguien a propósito, ni cuando he querido ni cuando he debido; Simplemente no se me dá. Me gusta pensar que vale la pena callar, después de todo es lo que he venido haciendo todos estos años. He callado tal vez demasiadas cosas, más de las que me hubiera gustado. He borrado también cosas que no debí borrar, y hoy alguien me hizo preguntarme si, escribir y luego borrar es sinónimo de callar. No lo sé, honestamente no lo quiero saber.
Mi vida gira en torno a marcas, huellas del tiempo, siempre ha sido así, desde que comencé a tener esa obsesión con la trascendencia. Llegué a pensar que lo único bueno, lo único valioso, era aquello que era permanente. Y pensé en tatuarme varias veces, una libélula, a veces todavía lo pienso. La cosa es que a veces me da miedo, la misma trascendencia que me obsesiona, hay cosas que me hacen preguntarme si todo aquello que es creado es digno de guardarse, aún cuando en el momento se siente bien, se siente correcto conservar ciertas cosas, ciertas marcas. A pesar de lo que algunos piensan, la verdad es que sí tengo tatuajes en mi cuerpo, tatuajes de esos que no se presumen sino que se guardan, se ocultan, dan vergüenza. Y sí, cuando los hice, pensé que estaban bien, pensé que era lo correcto, que siempre serían parte de lo que yo soy, que siempre sería lo que fui. Y estaba equivocada, demasiado equivocada. No me di cuenta de que hay marcas que no se dejan en la piel sino en el alma. Son las marcas del alma, y no las de la piel, las que me muero por borrar. Pero hay cosas que no pueden borrarse, no son como escritos, como fotos, sino tatuajes permanentes. Pero, ¿cómo saber? Qué debe conservarse y qué no, qué debe ser permanente y qué no. La verdad es que no lo sé. No creo que exista forma de saberlo. Por ahora me conformo con creer que nada debe ser permanente, hasta que el pasar de los años lo haga evidente. Pero hay cosas que no deben ser recordadas. Existen cicatrices que duelen más que la herida misma.
domingo, 13 de febrero de 2011
Never
Y justo cuando pensé que la historia había acabado, acabado del todo y por última vez, aparece un nuevo mensaje en facebook. ¿Por qué? ¿Por qué no puede rendirse y dejarme ir? ¿Cómo es que no se da cuenta? ¿Qué demonios pasa por su cabeza? ¿Cómo se supone que yo debo seguir con mi vida si sigue apareciendo? Tal vez si lo ignoro se vaya de nuevo...
.
.
.
You're beautiful, you're beautiful, its true... but is time to face the truth...
...I will never be with you...
sábado, 29 de enero de 2011
Write to live
Prácticamente no he tenido tiempo para mi desde que empezaron las clases. Para trabajar sí, tomar fotos, no es que tenga opción. Y sin embargo han pasado muchas cosas, del tipo de cosas que si uno no escribe en el momento, después ya no tiene caso. Descubrí también esta semana que no se me da escribir por encargo. Es curioso, ya sé lo que tiene que decir y cómo tiene que decirlo, hay quien dice que así debería ser más fácil. La verdad es que no, para mi, así resulta imposible. Siempre he escrito cuando me da la gana, lo que me da la gana y porque me da la gana, y cuando escribía el tipo de cosas que me piden que escriba, lo hacía bajo los efectos del alcohol. Me pregunto por qué es que no se preguntan por qué ya no escribo como antes, por qué ya no soy como antes. Soy un humano completamente diferente y nadie parece notarlo. Es el tipo de cosas que cuando uno las dice pierden completamente su significado. Como cuando te mueres de ganas de hablar, de quejarte del mundo, de gritarle al mundo, y justo cuando vas a decir es que más te duele, el otro te interrumpe con un "pero no te preocupes, todo va a estar bien". Yo sé que todo va a estar bien, al final todo siempre está bien. La cosa es que a veces uno no quiere ver lo que pasará mañana, sea bueno o malo, no importa, porque lo que quieres es vivir el momento, vivir en el momento, sin importar lo que otros digan o cómo lo digan. Sí, sé que todo estará bien, y hoy sé que si me quedo sola mi mundo no se va a desmoronar. A veces siento que hay quien me dice cómo debo vivir mi vida, por qué debo vivir mi vida y cómo, y comienzo a pensar que no, así no funcionan las cosas. Pero he vivido ya mucho tiempo así y no sé cómo cambiarlo. No sé cómo decirlo, no sé si debo decirlo, porque ya sé cuál será la respuesta; "todo es siempre tu culpa". Y ya no puedo vivir así.
.
To live... is just like writing... How is that, that I've lived writing must of my life, but I still don't get to live it?
Etiquetas:
lagrimales,
letras,
vida,
yo
jueves, 23 de diciembre de 2010
Luna

He hecho esto antes. Dar click en "nueva entrada" cuando no tengo nada qué decir, espero que no se haga hábito. Pero, ¿Qué puedo decir de mi vida? He dicho ya mucho que cuando todo marcha bien, incluso mejor de lo que podría pedir, no me dan muchas ganas de escribir. A veces a mi misma se me olvida que he cambiado, y vuelvo a hacer las mismas cosas que hacía la antigua yo sólo para darme cuenta de que, no, ya no entro en los mismos lugares donde solía hacerlo. He crecido, y comienzo a considerar la posibilidad de dejar mi cabello crecer castaño oscuro; Ya no pintarlo de colores. Hubo un eclipse de luna hace dos días, el 21, y no he podido enseñarles las fotos porque mi computadora tiene un virus; No puedo arriesgarme a conectar mi cámara a una computadora con virus. Y eso me deja pensando... ¿Qué sería de mi vida si no pudiera ser fotógrafa? A lo largo de estos últimos años he cambiado de carrera ideal más de un par de veces. Primero quise estudiar artes visuales (Dibujo, pintura), luego quise estudiar comunicación gráfica (Casi lo mismo pero con más mercadotecnia) y por último quise estudiar arquitectura. Por una u otra razón no pude hacer nada de eso, y más de una vez me sentí derrotada por la vida. A veces, de vez en cuando, aún pasan cosas que me hacen sentir de esa manera. No sé si tengo más de lo que merezco o justo lo que el destino tenía preparado para mi. No sé si todas mis reglas han sido hasta ahora sólo una excusa para poder decir que tengo el control de mi vida. ¿Tengo el control de mi vida? ¿Cuándo fué que que comencé a creer en el destino? ¿Debería seguirle el juego a este "salto de fé"?
Pude sacar de mi Jatzimi la foto de la Luna que puse más arriba, antes de darme cuenta del virus. La tomé el día del eclipse, unas horas antes, con un telescopio que estaba plantado en el atrio de la iglesia del centro de Coyoacán. Más adelante, cuando logre quitarle el virus a mi lap, subiré más fotos de ese día y lo contaré con más detalle...
Etiquetas:
Fotografías,
luna,
vida
viernes, 29 de octubre de 2010
El escape perfecto
Se me ocurrió que podía sólo quedarme dormida y soñar que volaba. Pero no sería suficiente. Me imaginé una y mil veces el perfecto encuentro con el amor de mi vida. Aún en mis fantasías, el hombre perfecto nunca lo era. Es tal vez saber que no pasa nada en mi vida, y que no hago nada al respecto. Le llámare frustración, por el puro gusto de ponerle nombre. Yo no sé por qué gasto mi tiempo en perderlo. Desde muy niña quise ser de esos hippies que salen de viaje todos los fines de semana. Ya sabes, de mochila al hombro, de aventón, y regresar los lunes en la mañana bañada de tierra, y cada vez con una historia más qué agregar a la colección. Y tener una colección grande, digna de libros y libros. Me conformaría con mil entradas de blog. El problema es que, como muchas cosas en la vida, no tendría ningún caso hacerlo sola. Y es por eso que me canso de imaginar e imaginar, como si no hubiera vida más allá de mi cabeza. Como si no hubiera mundo más allá de mi habitación, fuera de mi computadora.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)