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martes, 3 de septiembre de 2013

Dejarme estar viva

Qué mejor momento que los primeros días de Septiembre para comenzar una nueva vida. Con corte de pelo nuevo, actitud nueva y una que otra decisión que seguramente me hará quedar como la loca frente a mi familia una vez más. Pero parte de esta nueva actitud incluye hacer lo que se me dé la gana sin importarme lo que nadie, principalmente mi familia, opine a cerca de mis locuras. Tal vez sí me haga más feliz dar clases de dibujo para niños que estudiar arquitectura, tal vez no. No ganaré tanto como dentro de treinta años en caso de que hubiera decidido terminar arquitectura, pero seré más feliz y podré cortarme y pintarme el pelo tan ridículo como sea posible, viajar a donde quiera cuando quiera y con quien quiera, dejarme ser libre, loca, porque son esas las extravagancias que se les permiten a los artistas pero no a los arquitectos, a los oficinistas cualquiera que creen que mientras más dinero tengan mejor estarán aunque eso los haga profundamente infelices. No, yo no quiero eso, yo quiero ser feliz y no me rendiré fácilmente, no dejaré que mis miedos me invadan sino que dejaré que me fortalezcan, como lo han hecho en el pasado. Me emociona. Tomar esta decisión me hace sentir una felicidad prematura que la arquitectura nunca me causó. No significa que dejaré este hábito que tanto me ha costado tomar de dormir tarde y despertar temprano, porque de eso se trata la vida, de estar vivo. La vida no es séptica, no es encapsulable ni ordenada, no es algo que puedas limitar, la vida es peligrosa, y siempre encuentra su camino. Y yo pretendo dejarme estar viva.

sábado, 14 de abril de 2012

Arquitectura

Los fantasmas que nos atormentan siempre han tenido y siempre tendrán sus respectivos nombres. Curioso; uno le teme al nombre no por el nombre en sí sino por todo lo que el nombre implica: El nombre implica el concepto. Luego entonces uno teme al concepto y no al nombre. Pero, ¿Qué sería entonces el nombre sin el concepto? ¿Cómo puede uno temerle a un concepto? Es algo simple, una idea, información almacenada en la matrix que en esta tercera dimensión toma forma física con el único propósito de atormentarnos. Pero cuando a uno le preguntan "¿A qué le tienes miedo?", uno no define un concepto, sino dice un nombre. Honestamente, en este momento, yo misma no sé si me entiendo. Yo qué sé, por años estuve orgullosa de no saber decir a qué le tenía miedo, llegué incluso a creer que no tengo fobias del todo. Ilusa, boba, niña. Resulté ser claustrofóbica, resulta que siempre lo he sido y no lo sabía. Y al parecer esa sensación extraña que me causa la sangre es también debida a una fobia. Otra fobia que muchos probablemente considerarían ilógica es esa que me mantivo siendo una de los tantos "ninis" de los que tanto hablan en los noticieros; Mi miedo a aprobar un examen de admisión. Se me llegó a hacer costumbre presentarlos, algunas veces con esperanza, otras con amorodio, otras con puro odio. Esta última vez lo hice como reflejo mecánico para mantener contenta a mi madre, se me ocurrió la brillante idea de decir que estudiaba y no hacerlo, con la simple intención de presentar ante la familia un papelito que avalara que sí hago algo para intentar ser "alguien presentable ante la sociedad". No abrí un libro, compré la guía pensando en no abrirla ni por accidente, esperé pacientemente el día del examen como esperando a los Reyes Magos a los 18 años de edad. Estoy segura de que yo me sorprendí más que mi madre cuando el dos de Abril me llegó un mail para alumnos de la UAM-X. Aún no acabo de comprender cómo fue que pasó eso. Hice el examen bajo el slogan "Si Dios quiere, así será", pensando que él mostraría compasión y no me pondría una vez más en el infierno. No sé si eso me hace tener esperanza, si me da a entender que Dios piensa que sí puedo con las matemáticas, o si me obliga a pensar que aún le debo algo a alguien. Hoy completé el trámite de inscripción, como quien camina a la horca resignado, o tal vez pensando en enfrentarme al monstruo por última vez.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Te propongo un reto

Vé a tu librero más cercano, toma un libro al azar y comienza a escribir usando como primera palabra, la primera palabra de ese libro que elegiste al azar. No pienses en qué escribirás antes de poner las manos en el teclado, antes de tomar la pluma. Limítate a ser un mero espectador en la creación de una obra que alguien más creó por tí, de algo cuyo comienzo se basa en el proceso intelectual de alguien a quien quizás nunca siquiera verás en persona. Hazlo, y luego me dices qué pasa.