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martes, 17 de abril de 2012

Inventario

Tengo tiempo suficiente para escribir hasta que se acabe la batería de la computadora, pero no suficientes cosas para escribir en tanto tiempo. Tengo una coneja, dos jerbos, dos peces beta, cada uno en su respectiva copa, en el lavabo del baño de arriba. Mañana por la mañana tal vez ocupen su lugar en la repisa de las tortugas. Tengo una cama con su mosquitero, mi colección de velas y una que otra caja curiosa, cada una con sus respectivas cosas curiosas en el interior. Tengo cuatro cajones de cartón y una caja llenos de materiales de dibujo, de pintura y un restirador, cuatro juegos de escuadras completos y dos incompletos. Una lámpara de estudio, luz eléctrica y una computadora con illustrator, photoshop y algunos otros programas de diseño que uno uso y/o desconozco. Una cámara reflex 35mm y más cuadernos de los que uso para escribir. Tengo más recuerdos desagradables de los que me gustaría contar, dos casi-muertes y varias despedidas amargas. Tengo en los ojos un brillo especial que muchos han tratado de describirme y yo aún no alcanzo a comprender. Tengo una soberbia del tamaño del mundo, más paciencia de la que soy capaz de tolerar y menos gula de la que me gustaría tener. Un librero lleno de libros, un tercio literatura, un tercio artes y otro tercio espiritualidad. Menos amigos de los que se cuentan con una mano, no suficientes conocidos y pocas ganas de conocer gente. Ocho dedos que uso para escribir en teclado y dos que no se creen suficientemente fuertes. Tengo más tiempo del que necesito para vivir y menos del que me gustaría tener. Ganas de conocer el mundo y tomarle fotos, tanas como de quedarme hasta tarde cada mañana acurrucada en mi cama. Tengo un techo sobre mi cabeza, más ropa de la que necesito y más comida de la que puedo comer. Tengo un novio maravilloso, una madre incomparable y un hermano que me ama.


¿Qué más podría pedir?

viernes, 25 de noviembre de 2011

Te propongo un reto

Vé a tu librero más cercano, toma un libro al azar y comienza a escribir usando como primera palabra, la primera palabra de ese libro que elegiste al azar. No pienses en qué escribirás antes de poner las manos en el teclado, antes de tomar la pluma. Limítate a ser un mero espectador en la creación de una obra que alguien más creó por tí, de algo cuyo comienzo se basa en el proceso intelectual de alguien a quien quizás nunca siquiera verás en persona. Hazlo, y luego me dices qué pasa.

viernes, 26 de agosto de 2011

Polvos mágicos

(Primer cuento sobrepedido)

Habían pasado ya años desde la última vez que había estado allá. No reconocía el camino y le daba la impresión de que ella no era conocida para él tampoco. Miraba a través de la ventanilla y de tanto en tanto se topaba con su reflejo. Cuánto la habían cambiado los años, ella misma se sorprendía. Vagamente recordaba el olor de las frutas con piloncillo, que su madre cocinaba en navidad. Su segundo primo, recién nacido, que a medida que crecía iba robando uno a uno sus juguetes, que junto con su infancia, poco a poco se iban desvaneciendo. ¿Quién diría que llegaría el día en que crecería tanto, que dejaría de caber en la vieja casa de muñecas tamaño real que de niña le construyó su papá por no comprarle una marca Barbie? ¿Quién diría que un día esa misma casa de muñecas, se convertiría en un cuartel militar? Esta navidad, volver a casa se le antojaba viajar en el tiempo, a un pasado remoto de papeles amarillentos y fotografías viejas. Se preguntó qué sería de ella el día que, por azares del destino, tuviera que volver a la universidad de la qué, hacía no más de unos meses, se había graduado. Se preguntó qué sería de ella cuando este presente se convirtiera, como su casa de muñecas, en un pasado remoto. Puso atención entonces al camino, del que de tanto vagar en el tiempo, se había distraído. No faltaba ya casi nada para llegar a casa. Se preparó entonces para bajar del autobús, ahí, en la esquina de siempre, la estaban esperando.

La tarde transcurrió tranquila, la casa ya no era la misma. En el jardín crecía verde la maleza bajo el columpio que colgaba del capulín, el mismo en el que siendo una niña había aprendido a leer. Lo había olvidado casi por completo. Sus primos habían crecido tanto, y se comportaban ahora como finos caballeros. No más pucheros en la mesa ni crayolas en las paredes. Y ella no sabía decir si eso le agradaba o no. A la hora de la cena todos se sentaron educadamente y oraron como si creyeran en Dios. Había pasado ya tanto tiempo desde su última cena de navidad en familia que todo aquello le parecía surreal. Fue tal vez por eso que no supo si reír o llorar cuando su madre anunció que vendían la vieja casa. Con toda la felicidad del mundo explicó que ella y su nuevo novio se mudaban a vivir a la playa.

A la mañana siguiente despertó en su vieja habitación. La cama le quedaba chica y más de una vez durante la noche pensó que caería al piso. Con la espalda adolorida se puso de pie, caminó como quien camina dormido al jardín. Debía volver esa misma tarde a la ciudad y decidió pasar el tiempo que le quedaba contemplando el jardín. Llegó a su antiguo columpio y se sentó con parsimonia. ¿Cómo podía ser que lo hubiera olvidado? Que hubiera olvidado aquellas tardes soleadas en su pequeño jardín. Quien la hubiera visto habría pensado que cayó del columpio, pero la verdad era que deliberadamente se había echado a la hierba. Tomó una piedra de ahí cerca y de entre planta y planta raspó un poco de tierra. Se la puso en la mano izquierda y con ella corrió a la cocina a buscar un frasco pequeño de cristal. Lo contempló largo rato hasta que se quedó dormida.

Años más tarde una niña pequeña de grandes ojos y cabello negro le preguntaría que había en aquél frasco. "Polvos mágicos", le respondería ella, y ante la carita de incredulidad de la niña, agregaría, "Te lo juro, hija, que si los miro fijamente vuelvo a tener tu edad".


sábado, 12 de marzo de 2011

Cigarettes



Desde que dejé de fumar he desarrollado cierto gusto por el helado. Se me ha olvidado cómo escribir con la luz apagada (la ubicación de las letras en el teclado) y me he vuelto un alien en la familia. Me he esforzado por aprender a escribir, lavarme los dientes y comer con mi mano izquierda, y diría que está funcionando. Le he encontrado el gusto a sentarme en una banca en Coyoacán por el puro placer de hacerlo, sin la excusa de detenerme a fumarme un cigarro. Detenerme sólo por detenerme sin una razón aparente. A veces finjo que espero a alguien, otras veces sólo espero. Recuerdo que algunas canciones las escuchaba sólamente para fumar o cuando estaba tomando, y creo que se me ha olvidado ya cuáles eran.

Desde que dejé de fumar ya no soy la misma. Una de las razones por las que no quería dejarlo, era porque sentía que ese vicio ya era parte de mi personalidad. Y no estaba equivocada; ya no soy la misma. Tal vez ya no quería serlo. Tal vez me gusta esto en lo que me he convertido, aunque hay quien dice que no hay cosa buena que no tenga su parte mala. Y la parte mala es que ahora me siento más sola de lo que me sentía cuando fumaba. No me malinterpretes, sé que no estoy sola. Los amigos que tenía en esos tiempos muchas veces ya no entienden de lo que les hablo. No soy como la gente que fuma, pero tampoco soy como la gente que no. Si fumar me daba una identidad, ahora hay algo que falta para rellenar ese vacío. El helado no basta.

sábado, 29 de enero de 2011

Write to live

Prácticamente no he tenido tiempo para mi desde que empezaron las clases. Para trabajar sí, tomar fotos, no es que tenga opción. Y sin embargo han pasado muchas cosas, del tipo de cosas que si uno no escribe en el momento, después ya no tiene caso. Descubrí también esta semana que no se me da escribir por encargo. Es curioso, ya sé lo que tiene que decir y cómo tiene que decirlo, hay quien dice que así debería ser más fácil. La verdad es que no, para mi, así resulta imposible. Siempre he escrito cuando me da la gana, lo que me da la gana y porque me da la gana, y cuando escribía el tipo de cosas que me piden que escriba, lo hacía bajo los efectos del alcohol. Me pregunto por qué es que no se preguntan por qué ya no escribo como antes, por qué ya no soy como antes. Soy un humano completamente diferente y nadie parece notarlo. Es el tipo de cosas que cuando uno las dice pierden completamente su significado. Como cuando te mueres de ganas de hablar, de quejarte del mundo, de gritarle al mundo, y justo cuando vas a decir es que más te duele, el otro te interrumpe con un "pero no te preocupes, todo va a estar bien". Yo sé que todo va a estar bien, al final todo siempre está bien. La cosa es que a veces uno no quiere ver lo que pasará mañana, sea bueno o malo, no importa, porque lo que quieres es vivir el momento, vivir en el momento, sin importar lo que otros digan o cómo lo digan. Sí, sé que todo estará bien, y hoy sé que si me quedo sola mi mundo no se va a desmoronar. A veces siento que hay quien me dice cómo debo vivir mi vida, por qué debo vivir mi vida y cómo, y comienzo a pensar que no, así no funcionan las cosas. Pero he vivido ya mucho tiempo así y no sé cómo cambiarlo. No sé cómo decirlo, no sé si debo decirlo, porque ya sé cuál será la respuesta; "todo es siempre tu culpa". Y ya no puedo vivir así.

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To live... is just like writing... How is that, that I've lived writing must of my life, but I still don't get to live it?

jueves, 18 de noviembre de 2010

Aquí

Es una cosa curiosa, esto de escribir. Recuerdo vagamente las primeras cosas que escribí, recuerdo poco de las palabras, pero mucho del momento. Era mala, y mala de veras, a pesar de que no escribía por accidente. Sabía lo que hacía, pero no sabía por qué lo hacía. Primero fueron hojas sueltas, hojas arrancadas de cuadernos, de la secundaria. Luego compré un cuaderno, scribe, tamaño francés, cuadro chico, de esos que tenían (o tienen) la portada de plástico, azul. Tenía mala letra, mala sintaxis, pero nunca mala hortografía. Y tenía muchas ganas de conocer el mundo, pero demasiado miedo. Miedo de ese que consumía, desde adentro, como fuego. Fuego negro, o más bien vacío, vacío absoluto. Curioso que fue precisamente ese vacío el que me hizo comenzar a crear. Crear para llenar un vacío, hambriento, desesperado y desalmado, que jamás se cansó de comerme desde adentro. A veces me sorprendo, me sorprende mi memoria. La verdad es que no estoy muy segura de por qué tengo ese apego a recordar, aún sabiendo en el fondo que mi memoria no me traicionaría, que hasta la fecha no lo ha hecho. Ya no le llamaré miedo, porque no me gusta la palabra. Aún recuerdo con claridad el día en que compré ese cuaderno. No sé cuándo fue, ni quiero saberlo, pero recuerdo dónde, cómo y para qué. En esa época pensaba que sería genial saber música, estudiar guitarra. Creo que lo dije antes en otro blog, mi sueño basado en no tener sueños. Quería comprar una camioneta, tomar mi guitarra y largarme, olvidarme del mundo. Y ese cuaderno debió haber sido mi primer cuaderno de música. No lo fue, por obvias razones.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, he cambiado en formas que muchos de los que conocí antes del primero de agosto, ni siquiera podrían imaginarse. He cambiado porque yo así lo quise, y te diré que no fue fácil, no tenía por qué serlo. Las calles ya comienzan a pintarse de navidad, en los supermercados ya ponen villancicos y adornos para árbol de navidad. Comienza a oler a pino y la gente comienza a comprar regalos. Este año se acaba y yo no sé cómo es que pasó, cómo es que el tiempo pasa tan de prisa. Yo no me di cuenta, o tal vez no quise darme cuenta. El tiempo se me escapa entre los dedos, y cada día me siento más lejos de donde nací. Es como si las fotografías en mi mente poco a poco fueran desvaneciéndose, dejando paso a nuevas tal vez, pero aún desvaneciéndose. El tiempo pasa, me arrasa, me deshoja como árbol en otoño, y a mi no me queda más que dejar que me desnude. Ya vendrán otros otoños, otras navidades. Y yo seguiré aquí, frente a mi computadora.

Para todos aquellos que no lo saben, si un día me marcho, aquí seguiré irinkah@hotmail.com

jueves, 21 de octubre de 2010

Se retrocede con seguridad, pero se avanza a tientas

Tomar café de más a propósito, pero como por accidente. Tener miedo a dormir por no querer saber que será de mi mañana. Mirar hacia la ventana y sólo ver cortinas. Ganas de fumar, falta de cigarros. La única luz viene de la pantalla de la laptop. Dentdo de mi, aquel viejo vacío vuelve a reclamar su espacio. No lo dejaré, no debo dejarlo. Pero cómo?... Cómo?... Escribo en la oscuridad sin ver el teclado, como avanzo a tientas por la vida. Y sólo el sonido de mis propios dedos sobre las teclas me reconforta. Es como el sonido del aire escapando del globo, dejando escapar la presión de adentro del pecho, dejando escapar el olor de tu ropa y el sabor de tus besos. Debí enterrarte hace mucho, pero no supe cómo. A veces es malo cumplir promesas que no debieron haber sido hechas. Dije que jamás te olvidaría, lo prometí. Y me odio a mi misma por haberte guardado un rincón de mi alma. Ya no quiero volver, no quiero ser de nuevo la ilusa que te esperaba en la ventana. Te dejé ir, te marchaste y estuve a punto de olvidarte. Entonces, por qué vuelves de nuevo de entre el polvo y escarbas en mi pecho rincones que dejaste vacíos al irte, rincones que se llenaron de tierra tras tu partida. Por qué vuelves a complicarme la vida, por qué vuelves a que vuelva a echarte de nuevo. Te pedí que no volvieras, te pedí que me olvidaras. Te pedí que me dejaras ir. Déjame ir, no vuelvas que volver no es bueno. Vete ya, debiste irte, hace mucho, te dejé ir hace mucho. Vete ya, mi puerta está cerrada para ti.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Primer día de Otoño

Primer día de otoño, un veintitrés de Septiembre. Y yo me siento y miro por la ventana; es de noche. Tal vez hubiera pensado que me hace falta un cigarro, como el año pasado, otro 23 de Septiembre, otro primer día de otoño. Yo ya no soy la misma. Y no es que no quiera o no pueda serlo, simplemente no lo soy. Supongo que sería poca la gente que entendería esta sensación que tengo de haber nacido de nuevo, de ser algo completamente nuevo, en un mundo tan nuevo como los ojos con que veo este mundo, tan grande como desconocido. Me pregunto a veces si podría volver. Volver no sé a dónde, sólo volver. Si habría alguna razón que pudiera volver a atarme al pasado, volver a hacerme ser lo que siempre he sido, lo que todos aquellos, a quienes ahora me niego a nombrar, conocieron un día, y tal vez piensan que sigo siendo. Abrí un blog pensando en llevar un registro, el registro que no llevé en mi vida pasada. Comencé a escribir, hace muchos muchos años, impulsada por el miedo a olvidar. Olvidar yo no sé qué, olvidarlo todo, olvidar los pequeños detalles de la vida que me hicieron ser lo que soy hoy. ¿Quién/qué soy hoy?, no me preguntes a mi, ¿Yo qué sé? ¿Cómo podría saberlo? La cosa es que no quiero volver a olvidar. No quiero volver. Hoy, me cuesta trabajo recordar lo que fui, quién fui, y tal vez es eso lo que hoy me obliga a seguir escribiendo, aún cuando ando corta de inspiración. No el miedo a olvidar sino las ganas de recordar. De no enterrar en letras del pasado todo aquello que me ha hecho aprender, los caminos que he andado, tal vez para no andarlos de nuevo. No por no querer olvidar, sino por querer congelar al tiempo. Ese maldito tiempo...