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martes, 3 de septiembre de 2013

Dejarme estar viva

Qué mejor momento que los primeros días de Septiembre para comenzar una nueva vida. Con corte de pelo nuevo, actitud nueva y una que otra decisión que seguramente me hará quedar como la loca frente a mi familia una vez más. Pero parte de esta nueva actitud incluye hacer lo que se me dé la gana sin importarme lo que nadie, principalmente mi familia, opine a cerca de mis locuras. Tal vez sí me haga más feliz dar clases de dibujo para niños que estudiar arquitectura, tal vez no. No ganaré tanto como dentro de treinta años en caso de que hubiera decidido terminar arquitectura, pero seré más feliz y podré cortarme y pintarme el pelo tan ridículo como sea posible, viajar a donde quiera cuando quiera y con quien quiera, dejarme ser libre, loca, porque son esas las extravagancias que se les permiten a los artistas pero no a los arquitectos, a los oficinistas cualquiera que creen que mientras más dinero tengan mejor estarán aunque eso los haga profundamente infelices. No, yo no quiero eso, yo quiero ser feliz y no me rendiré fácilmente, no dejaré que mis miedos me invadan sino que dejaré que me fortalezcan, como lo han hecho en el pasado. Me emociona. Tomar esta decisión me hace sentir una felicidad prematura que la arquitectura nunca me causó. No significa que dejaré este hábito que tanto me ha costado tomar de dormir tarde y despertar temprano, porque de eso se trata la vida, de estar vivo. La vida no es séptica, no es encapsulable ni ordenada, no es algo que puedas limitar, la vida es peligrosa, y siempre encuentra su camino. Y yo pretendo dejarme estar viva.

domingo, 25 de agosto de 2013

No hay consuelo en la soledad

Lo terrible de la vida no es el miedo a la muerte, sino a la vida misma. ¿Qué pasa si vuelo demasiado alto y caigo? ¿Qué pasa si no logro llegar tan alto como pretendo? ¿Qué pasa si llego, pero sola?

Todavía a veces me da por pensar que tal vez no merezco esta vida, que tal vez para mi pesa demasiado. No, no se preocupen, no haré nada al respecto. Es sólo que a veces se me olvida que tengo pies y que sé caminar, que no tengo por qué esperar que nadie me ayude ni camine conmigo. Pero pesa. Siempre me consideré ágil, inteligente, o al menos lo suficiente para sobrevivir, a penas sobrevivir. Pero nunca me he pensado fuerte, esa fortaleza que otros ven en mi, estoy casi segura, es solamente miedo. A veces uno se cansa de sobrevivir y le dan ganas de volar. Siempre pensé que en el futuro habría otros cielos, más tiempo, que era joven y la vida no se me acabaría jamás. De pronto el tic tac del reloj comienza a aterrarme, cuando veo mi futuro en las frustraciones y limitaciones de todos a mi alrededor. Eso es lo que me pasa por conseguirme amigos de treinta en adelante. Luego me dio por pensar que los niños de mi edad podrían ser la respuesta, pero descubrí que ellos tampoco tienen alas. Nadie tiene alas. No sé por qué me da por esperar tenerlas yo. Y me da por enojarme con la vida, con querer gritarle, golpearla, hacer que se rompa un poco y que sienta el dolor que ella me causa a mi. Pero sé que no tiene la culpa. Culpo a los aviones sin corazón que se marchan, que pueblan los cielos de soledades y de ausencias, y a esta estúpida idea que tiene la gente de que tal vez en otros cielos podrán ser felices. No funciona así, y se los digo, pero se marchan de todas formas, me abandonan. No sé si me merezco esta vida, sólo sé que a veces vivir duele, pesa. Cuando éramos niños decíamos que no podíamos esperar para ser adultos, pensabamos que ellos hacían las cosas divertidas, que ellos lo sabían todo, lo podían todo. No nos dijeron que crecer duele, que uno debe aprender a estar solo, acostumbrarse a las ausencias, muertes y abandonos, dejar atrás los sueños y sacrificar sonrisas por éxitos. ¿Por qué no nos dijeron los adultos que vivir duele?, nos atrajeron a la vida con mentiras, fantasías. Se les olvidó advertirnos que los vivos sangran, sufren. ¿Por qué demonios celebran los nacimientos en este maldito mundo mal encuadrado, aséptico, roto? No hay consuelo en la soledad ni en abrazos de desconocidos. A veces tampoco en los brazos amados, y yo, todavía no sé cómo abrazarme a mi misma. Al final, terminaré tal vez sola en una casa grande, blanca, con alberca. Tal vez siempre lo supe y es ese mi destino, tal vez no merezco más. Nadie me empujará en las subidas, ahora lo sé. Tal vez porque yo así lo quise, pero, ¿Cómo vivir dando explicaciones?, ¿Cómo vivir haciendo feliz a todo el mundo y feliz a uno mismo? Eso no se puede, no se puede, mucho menos cuando al final no sabes siquiera qué es lo que te hará feliz. La vida no es un maldito libro de matemáticas. Sabes que el teléfono dejó de sonar porque tú lo ignoraste, y ahora no tienes el valor de levantarlo tu misma y hacerlo sonar del otro lado. Eso te hace cobarde, eso es lo que eres. No hay consuelo en tu habitación, con las cortinas cerradas y la luz apagada, ya pasaste por ahí, ya conoces el círculo, conoces el encierro, pero cuando te ofrecen alas resulta que no sabes cómo volar. Nunca nadie te enseñó a volar, en tu vida, sólo conoces cadenas, eso es todo lo que te ofrecen y todo lo que puedes pedir. Tú no sabes volar como ellos que se marchan. Tal vez eres tú la que está equivocada y si hay felicidad en otros cielos. Tal vez los aviones son sabios y saben que sí hay consuelo en la soledad. Yo no les creería, no puedo hacerlo. No, no hay consuelo en la soledad. Yo no sé por qué la busco tan estúpidamente como ellos buscan en otros cielos. Y me dejan, oh, pobre de mi, niña estúpida que no sabe que en esta vida, todos nacimos y morimos solos.


Se cayó mi colibrí, se le rompió el pico. No quiero tomarlo como una señal.

jueves, 27 de junio de 2013

Cicatrices

La primera vez que me quité las muñequeras me sentí desnuda. Como, completamente desnuda, todos mis secretos al descubierto, todo lo que siento y lo que soy, desnuda. Metía mis manos en los bolsillos, usaba blusas de manga larga porque, a pesar de que había tomado la desición, las cicatrices me daban vergüenza, una vergüenza que me era antes desconocida. Estaba desnuda, en especial mi muñeca izquierda. Me preocupaba que en una de esas alguien me preguntara por ella, ¿Qué le diría? ¿Cómo mentir a cerca de algo así? ¿Cómo ocultar lo que realmente era?. Me tomó bastante más de un año acostumbrarme, y tal vez lo logré porque nunca nadie preguntó. Los que me conocían realmente, lo sabían, los que no, nunca lo harían. Eventualmente se convirtieron en un recordatorio de algo que deseaba nunca haber sido, jamás, un pasado tormentoso del que me arrepentía, un pasado que las cicatrices nunca me permitirían olvidar. Solía pensar que sería así el resto de mis días, que era como el tatuaje que no me atreví a hacerme, algo que me definiría toda mi vida y que no me arrepentiría. Claro que, en realidad, sí me atreví y sí lo hice, me hice el tatuaje. Y sí, también me arrepentí, y mucho. A pesar de que ahora no trato de esconderlas como antes, sino que al contrario, procuro no usar ni una pulsera -no por exhibirlo, sino por no negarlo-, siguen siendo algo de lo que me avergüenzo.

Alguna vez escribí cómo era, con lujo de detalle. El momento antes, durante y después. No sé si me gustaría saber dónde lo escribí, no sé si me gustaría volverlo a leer. No sé si sería capaz, pero recuerdo algunos fragmentos. Hace poco, un paseo de fin de semana con mi primo de 9 años, recordé de dónde salió ese afán mío de no olvidar detalle de mi vida. Cuando era niña la gente ignoraba lo que decía, me trataba como idiota, no me tomaban en cuenta para nada, me decían que era tonta en cada oportunidad que tenían, que rompía cosas, que era mala en matemáticas, que sacaba malas calificaciones. Nadie me entendia cuando hablaba, era tartamuda. Nadie a excepción de mi madre. Un día sentí que de alguna manera estaba creciendo, que estaba madurando, sentí mucho miedo. El mundo comenzó a encogerse ante mis ojos y yo le temí a las alturas, temí que si me convertía en uno de esos hombres adultos que me ignoraba, tal vez un día yo podría herir a un niño como me habían herido a mi. Y sentí más miedo. Decidí  que no podía olvidar lo que era ser niña, decidí que jamás me permitiría olvidar, y comencé a escribir. Estaba en la secundaria, mismo tiempo en que comenzaron a aparecer, una a una, las cicatrices.

Alguna vez me preguntaron por qué lo hacía, si quería sentir dolor, por qué no hacer algo que no dejara tantas marcas. La verdad es que nunca dolió. Otra vez me preguntaron que por qué no esperaba para ver mi sangre cada mes. Y ese tampoco era el punto, esa pregunta sólo logró ofenderme. Lo hacía porque me hacía sentir más cerca del final, de la muerte, de ese punto en el que todas las tormentas quedarían atrás. No hacerlo realmente profundo no era cobardía ante la muerte, sino ante la vida. La media-muerte era el refugio que me quedaba ante un mundo hostil y mal encuadrado que me atacaba sin darle yo alguna razón aparente. Solía emborracharme sola en las noches para escapar de la realidad, y temí que en alguna de esas noches la navaja fuera a llegar más lejos de lo esperado. Un día decidí vivir y dejé de tomar, dejé de fumar, y dejé de cortar mi muñeca, pero pasaron años para que esto pasara.

Se llamaba María la chica que me enseñó que aquello era posible, aunque el suyo, el que me enseñó, era sólo un rasguño, como cuando te rascas con una uña rota. La primera vez que yo lo hice corté mi brazo completo, una sóla línea, larga. Mi hermano la vió y sospechó lo que era. Le dije que alguien me había rasguñado por accidente, jugando. Le mentí. Me compré una muñequera de piel negra en Coyoacán y reduje el tamaño de las heridas, pero aumenté su profundidad. No dolía, no. No temía al dolor antes de hacerlo, me emocionaba ver la navaja cerca de mi piel y poco a poco sentirla desgarrándome, recuerdo la sensación, ahora me parece bastante desagradable. Pero en ese entonces era mi alivio, mi refugio, de pronto empezaba a sangrar, y de alguna manera todo estaba mejor, como si fuera posible que así escapara algo, un poco aunque fuera, de esa maldita tristeza, de esa melancolía. No dolía hasta después, y entonces la culpa y la vergüenza ganaban, la tristeza golpeaba más fuerte y yo decidía encerrarme hasta que no se notara que había llorado. Y usualmente lo hacía más de una vez en un día, seguido no había sanado la anterior cuando hacía la siguiente. Podía pasar días encerrada en mi habitación, sin comer, a penas tomando agua, nadie notaba si yo no estaba alrededor, nadie se preocupaba por mi o nadie parecía hacerlo. Nunca jamás me sentí más sola, más invisible. Pensaba que no había nada en mi rescatable y me dedicaba a llorar mi soledad, decía que robaba el aire de los vivos, que yo no lo estaba, que sólo era un desperdicio de espacio, de carne, de aire, de comida, de tiempo, de humano. Y procuraba no respirar demasiado, no comer, no estorbar. Al principio dolía cuando algo o alguien tocaba la muñequera por accidente, cuando me vestía, siempre de negro. Eventualmente la zona se volvió insensible, hasta la fecha, ahí, todo lo que siento es temperatura. Es realmente extraño, por eso no me gusta que me toquen.

Recuerdo claramente algo que me dijo mi primer novio "oficial", me dijo, "me duele más a mi que a ti cuando haces eso", y tenía razón, a mi no me dolía. Traté de dejarlo entonces, pero no pude. Ahora sé que ese tipo de sustancias, esas sustancias que genera el cerebro, causan adicción, no muy diferente a la adicción al cigarro o al alcohol, no muy diferente de cualquier droga. Entonces no lo sabía y me llamé cobarde, seguí haciéndolo mucho tiempo después, aún hoy a veces me encuentro llamándome cobarde, sabiendo que la verdad es que no lo soy. Pasaron años todavía después de eso para que realmente dejara de hacerlo, años y mucho trabajo, trabajo que en su tiempo no me pareció que fuera a llevar a ningún lado.

Fue otro novio "oficial" el que me llevó, casi a la fuerza, a un lugar en el que enseñaban un "Método Silva de control mental". Le comenté que la cosa aquella existía, y él, cosa que yo no sabía, estaba desesperado por sacarme de ese torbellino oscuro del que me negaba a salir. Todavía escribía en cuadernos en lugar de un blog, un cuaderno totalmente privado que se suponía nadie vería jamás. No era, sin embargo, como un diario. En él procuraba retratar todo aquello que me negaba a olvidar, no eventos sino sensaciones, colores, aromas, sentimientos. Me retrataba a mi misma y mis ganas de volar lejos, lejos. Eran cuadernos de forma francesa, cuadro chico, scribe de esos de pasta plástica. En la hoja del final ponía un punto por cuadrito cada vez que pensaba en quitarme la vida, decía que si un día esa hoja se llenaba, antes de que se acabara el cuaderno en turno, lo haría, sin miedo, sin mirar atrás. Pensaba que si lo pensaba tanto era porque realmente lo quería, y que un día la hoja se iba a llenar y entonces ya nada valdría la pena. Más de una vez la hoja pasó de los tres cuartos. Un día él me confesó que abría mis cuadernos seguido para confirmar que esa hoja no se llenara, él tenía miedo, también, de mis pensamientos suicidas.

Fue en uno de esos cuadernos en el que tomé notas de aquél primer curso de cosas espirituales al que me llevaron a rastras a pesar que que fue mi idea en primer lugar. Entré al salón sin prejuicios y sin embargo sintiéndome ajena totalmente a esa gente que me decía que "pensara positivo", que "todo estaría bien", que "no había nada mal en mi". Una parte de mi decía "PENDEJADAS!", y procuraba escapar. Otra parte se sintió en casa y al final, fue esa pequeña Sofía en mi oido izquierdo, diciéndome que el camino está y siempre ha estado bajo mis pies, quien me mantuvo de pie, como los árboles, muriendo y naciendo a ciclos que aún hoy parecen interminables. Pasaron varios años antes de convencerme de la existencia de un mundo no-material, un mundo mejor y para nada inalcanzable, que podía hacer que ese torbellino oscuro se convirtiera en suave brisa rosa con brillos dorados. En ese entonces no lo sabía que eso fuera posible.

Se llama Diana la mujer que me dio uno de los mejores regalos que me han dado en la vida, una alberca tibia y sapos gigantes, aún cuando fue sólo un fin de semana. Se llama Diksha la cosa espiritual que me enseñaron. Aunque yo conocía ya algo de un mundo espiritual, inmaterial e inalcanzable, separado de mi y de Dios mismo, no encontré hasta entonces el impulso para por fin dejarme llevar por la corriente. Lo hice literalmente cuando, en el río que cruza el terreno, lancé lo más lejos que pude la última pulsera negra que usaría en mi vida. Fue entonces cuando llegué a creer que había encontrado el camino a casa, y no estaba en Coyoacán. Tampoco en la casita blanca junto al río, con su árbol de capulín y su techo con vista panorámica, sino aquí en mi pecho, latiendo día tras día sin cansarse y susurrando en cada impulso de vida que no nací para ser poca cosa, que no nací para pasar desapercibida, que nací porque merezco el aire que respiro y mucho más que eso.

Tal vez a la fecha no sé quién soy en su totalidad. Tal vez hay cosas que nunca cambian y pasarán varios años más para que se terminen los torbellinos del todo. Tal vez de eso se trata la vida y no termine hasta mi muerte. Tal vez hay cosas del pasado que por más que no queremos nos marcan en el alma, y por eso no tendría sentido borrar las cicatrices físicas, porque siguen en mi corazón. Al menos hoy me conozco un poco más y me agrado, soy adorable, pero no creo haberme visto nunca de frente. Sin embargo el camino ante mis pies se extiende y planeo seguirlo, aún con miedo, con manías depresivas, dislexia y déficit de atención. Es verdad que mi cerebro es defectuoso pero es él mismo el que me hace especial, diferente a los demás, por él sobresalgo. Recorreré este mundo con la mirada en alto porque sé lo que hay debajo, porque conozco los torbellinos y conozco esa soledad, ese mundo al que ya no pertenezco. Uno de estos días me saldré a volar para encontrar allá, en el cielo, cerquita de Dios, la felicidad. Usaré un traje que me haga libre, para volar lejos, lejos, un traje Violeta Jacaranda.

martes, 17 de abril de 2012

Inventario

Tengo tiempo suficiente para escribir hasta que se acabe la batería de la computadora, pero no suficientes cosas para escribir en tanto tiempo. Tengo una coneja, dos jerbos, dos peces beta, cada uno en su respectiva copa, en el lavabo del baño de arriba. Mañana por la mañana tal vez ocupen su lugar en la repisa de las tortugas. Tengo una cama con su mosquitero, mi colección de velas y una que otra caja curiosa, cada una con sus respectivas cosas curiosas en el interior. Tengo cuatro cajones de cartón y una caja llenos de materiales de dibujo, de pintura y un restirador, cuatro juegos de escuadras completos y dos incompletos. Una lámpara de estudio, luz eléctrica y una computadora con illustrator, photoshop y algunos otros programas de diseño que uno uso y/o desconozco. Una cámara reflex 35mm y más cuadernos de los que uso para escribir. Tengo más recuerdos desagradables de los que me gustaría contar, dos casi-muertes y varias despedidas amargas. Tengo en los ojos un brillo especial que muchos han tratado de describirme y yo aún no alcanzo a comprender. Tengo una soberbia del tamaño del mundo, más paciencia de la que soy capaz de tolerar y menos gula de la que me gustaría tener. Un librero lleno de libros, un tercio literatura, un tercio artes y otro tercio espiritualidad. Menos amigos de los que se cuentan con una mano, no suficientes conocidos y pocas ganas de conocer gente. Ocho dedos que uso para escribir en teclado y dos que no se creen suficientemente fuertes. Tengo más tiempo del que necesito para vivir y menos del que me gustaría tener. Ganas de conocer el mundo y tomarle fotos, tanas como de quedarme hasta tarde cada mañana acurrucada en mi cama. Tengo un techo sobre mi cabeza, más ropa de la que necesito y más comida de la que puedo comer. Tengo un novio maravilloso, una madre incomparable y un hermano que me ama.


¿Qué más podría pedir?

martes, 6 de diciembre de 2011

Somiatruites

Si tratara de contar la cantidad de gente que ha pasado por mi vida, y se ha marchado, seguramente me volvería loca. No acabaría esta noche de contar todas esas historias y francamente no tengo ganas. Todo se resume a que la gente siempre me ha importado poco, y yo sé que he dicho esto muchas veces antes. Volvería a decirlo, no porque me guste sino porque esa ha sido la condición que ha marcado mi vida desde que era niña. Dejar de comer carne, de tomar, de fumar, no parecen cambios significativos cuando se ven desde afuera, uno no pensaría que esa sería una medida para decir cuánto a cambiado alguien con el pasar de los años. Los cambios que realmente valen, los que realmente importan, son los que se ven desde adentro; los que no se ven pero se sienten. Estaba pensando que tal vez si encontrara a uno de esos fantasmas, de esos humanos que dejaron mi vida años atrás, probablemente no pensarían que he cambiado tanto como he cambiado, que no se darían cuenta, que me tratarían como si siguiera siendo la misma, como si siguiera pensando lo mismo, como si siguiera haciendo las mismas cosas. Supongo que sobra decir que así fue cuando me encontré con uno de ellos en facebook el otro dí: Como mirarse en un espejo por el que el tiempo no pasa, en el que el tiempo se ve congelado. Y déjame decirte, que no me gustó lo que ví, y cuando lo ví por un momento me pregunté si todavía puedo ser feliz, después de todo lo que ha pasado estos últimos meses. Me pregunté si los sacrificios valieron la pena, si me gusta el lugar donde estoy parada. La respuesta a todo fue sí, un sí de esos que van seguido por un "¿En serio me preguntaste eso?".

jueves, 17 de noviembre de 2011

Mirando por la ventana



Había olvidado lo que es esperar en la ventana, esperar a verte llegar. Había olvidado cómo se sentía estar enamorada. Y es extraño, extraño como besar por primera vez, ponerme nerviosa cuando te veo, emocionarme de oir tu voz. Es extraño y debo aclarar que no me gusta. Pero aqui sigo, mirando por mi ventana, pensando que cada coche que pasa podría ser tu chevy blanco, que cada humano que camina por debajo podrías ser tú. No me gusta sentirme como una niña, porque nunca antes me había sentido así. Y cada cinco minutos invade mi mente el pensamiento de que debería estar haciendo algo más, de que estoy perdiendo el tiempo y tengo cosas que hacer; pero mi cuerpo no responde. Y miro la pantalla de mi lap a momentos y a momentos me asomo a buscarte. Y el corazón se me escapa por la boca cuando pasa un chevy blanco, y luego duele un poco cuando me doy cuenta de que no eres tú. Y luego persigo con la mirada dos mariposas blancas que se persiguen una a la otra y te sigo esperando. Y luego pasa otro chevy, tardo demasiado en darme cuenta de que ni siquiera es blanco.

Dijiste que vendrías pero no dijiste a qué hora. No te dejaré volver a hacer eso.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Esperando al borde del camino

He tenido sueños confusos en mi vida. He tenido sueños geniales, sueños en los que vuelo, sueños en los que nado. He tenido sueños de libertad, sueños de prisiones, sueños en los que no soy yo, sueños en los que me descubro a mi misma. Hace muchos años soñé que podía ser feliz. Recuerdo un sueño de un río de azulejos azules, una torre, un mundo alterno y una realidad. Una vez soñé una oruga verde brillante que me miraba, no me preguntes por qué lo recuerdo tanto. Y tuve un sueño de una casa junto a un lago, una casa en la que sólo podía ser feliz.

lunes, 8 de agosto de 2011

Casi Otoño

Trabajo en la computadora, y por la puerta abierta se cuela el viento frío. Su olor trae la noticia de un otoño próximo, de un otoño nuevo. Frío, dulce y triste, alegre y amarillo como tantos otros. Aún no es tiempo, según los expertos, aún no pero yo me siento y veo la luz parda del atardecer que me dice "se equivocan, ellos se equivocan". Ya casi puedo sentir el aroma de noviembre, las frutas cocidas con piloncillo, los niños en día de muertos tocando a la puerta por dulces. Esa sensación de silencio absoluto durante las últimas horas de luz. Y el viento, poco o muy fuerte, que arrastra y arrasa, se lleva todo a su paso. Que canta, que adormece. Una vez alguien me dijo que las nubes de otoño son las mejores, y yo le creí.

miércoles, 20 de julio de 2011

Muffin la rata

Modificación del comentario que publiqué en "una alimañan disfrazada de Ros, de Ros en su blog nomás uno era de muerte.


Cuando a la gente le cuento que tengo una rata de mascota, lo primero que me preguntan es si es blanca. Si no lo es, es callejera, les asusta y/o les da asco. Y yo no lo compreno. Ellos tampoco comprenden cuando intento explicarles por qué es mejor mascota que un hamster, que un cuyo o un húrón. Más que mi mascota es mi amigo, es mi Muffin, y amo su pelaje gris, gris rata.

Amanece en mi puerta, esperando para saludarme, o se cuela en las noches a mi cuarto para despertarme  en la madrugada. Siempre quiere que lo acaricie o le rasque detrás de las orejas, es como un perrito en miniatura, sólo que mejor. Durante el día se duerme en mi closset o debajo de mi cama, otras veces en el closset de mi madre. Su casita está en el pasillo entre las recámaras, pero nunca lo encontrarás ahí. De vez en cuado mientras trabajo en la computadora lo escucho estornudar. Y sé que está ahí, dormido, y no me atrevo a moverme porque no quiero despertarlo.

A veces salgo con él a la tienda, y siempre es curioso ver las diferentes reacciones de la gente, desde el asco a la fascinación. Me agradan los que sonríen, los que no simplemente me dan igual. Mide 21 centímetros de cola, y según wikipedia debía medir lo mismo de cuerpo. Yo no lo sé, si se hace bolita mide menos, cuando se estira mide más y nunca me ha dejado medirlo mientras camina. Mi madre le dice Ratito, y creo que él piensa que ese es su nombre. Le dice así porque cuando llegó a la casa siendo un niño, escribí en el pizarrón de la sala "Se busca nombre para rato", y alguien me contestó "al ratito te digo". Por si te lo preguntabas; Sí, es niño. Es mi niño.

jueves, 7 de julio de 2011

Una taza de chocolate me hace pensar que...



Siempre me ha parecido curiosa la forma en que se desarrollan las cosas, las formas en que uno evoluciona, las formas en que cambia la vida. Si he de ser honesta, hace un par de años, cuando me preguntaron qué quería hacer de mi vida, jamás me hubiera imaginado que sería la mitad de lo feliz que hoy soy. No te podría decir si me arrepiento, si me gusta o no, si hubiera querido otra cosa. Estoy segura de que si las cosas hubieran sido diferentes y la realidad hubiera sido otra, no tendría idea de que esta "realidad alterna" fuera siquiera posible y no lo extrañaría, no lo sentiría perdido porque en realidad, nunca fue una opción. No podría expicarte porqué es que siento que esta vida que hoy vivo, no estaba destinada a ser. Que en algún momento de mi pasado, tomé a la derecha cuando en el libro decía que debía tomar a la izquierda, ¿Me explico? No sabría cómo explicarte qué es eso que me hace pensar que hay algo, un registro de posibles futuros, un libro de direcciones pre-programadas, un plan para cada uno de nosotros y que, esto, que estoy viviendo, no era parte del plan. No era parte de mi plan.


Y te diré que no se me ocurre una forma en que las cosas podrían haber sido mejores...

viernes, 24 de junio de 2011

Cherry blossom

No recuerdo cuándo fue la última vez que comencé a escribir sin tener idea de qué es lo que quiero decir. Tenía tiempo también que no abría la ventana para ver llover, y hoy hago esas dos cosas como si nunca lo hubiera dejado de hacer. También encendí un cigarro y fumé casi bajo la lluvia. También eso lo extrañaba. Supongo que traté de olvidar un poco de quién era, de quién sigo siendo. Quise pensar que cambiaría de la noche a la mañana y a penas hoy me di cuenta de que las cosas simplemente no pasan así, de la nada. No, nada fue así, de la nada, no esperaba que lo fuera. Se me olvidó quién soy por un momento, se me olvidó que tuve mis razones para convertirme en la mujer que soy ahora, para dejar atrás a la niña que fumaba porque era poético, que traía las uñas pintadas de negro y el cabello rosa para llamar la atención. Sí, sé que dije que no lo hacía por eso, pero supongo que todos en algún momento debemos llegar al punto de reconocer nuestros nuestros desatinos, nuestros errores. Y supongo también que aquél que no lo hace seguirá siendo un niño por siempre. No, tampoco digo que ya no soy una niña, aunque eso sea lo que quiero creer.  Lo que digo es que ya no quiero ser esa niña, que si por alguna razón debería destacar, no es por mi cabello ni mi forma de vestir sino por lo que soy, porque debo ser la mejor aunque los demás no lo crean, que debo al menos intentarlo, sabiendo que aún si no lo logro seguiré siendo yo y que pase lo que pase, no me dejaré vencer por la vida. No de nuevo, no puedo dejarme caer, no otra vez, no pienso hacerlo. Y no pienso tampoco seguir sola por este camino que la vida puso bajo mis pies. Me tardé tal vez demasiado en comprender que, aunque la soledad sea cómoda, siempre será triste. Tienes que entender que pasé sola mucho tiempo y que es difícil para mi acostumbrarme, hacer espacio en mi vida para alguien más, sea amigo, pareja o familiar. Estoy acostumbrada a estar sola y quiero cambiar eso. Estoy acostumbrada a vivir por mi, para mi, como yo quiero y cuando yo quiero. Es cómodo, sí, but it gets really lonely. Y no quiero eso, no otra vez. Ya no quiero que me digan que soy una princesa, quiero tratar de tenerle fé a la humanidad de nuevo, aunque de nuevo me paguen con una mala moneda. Quiero arriesgarme a ser feliz otra vez, y no quiero hacerlo sola.



Would you come with me?

lunes, 6 de junio de 2011

De tormentas y soledades



Desde mi ventana se ve la luna, y en lugar de fumarme un cigarro, me como una manzana. No diré que un cigarro no fue mi primera opción. Apagué las luces por costumbre y comencé a escribir por inercia. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí por gusto, con calma, sin miedo. Tenía mucho tiempo que no me sentía como yo, como lo que soy ahora. Tenía mucho tiempo sin ver la luna. Y ella, se ríe de mi con cariño. Se ríe conmigo. Por la ventana abierta entra una brisa fría, con unos cuantos moscos y el canto de los grillos. Afuera la noche se mece tranquila sin pensar que, aquí adentro, alguien piensa en ella. Alguien se mece con ella, se acurruca en ella. Aquí adentro todo parece volver a la normalidad, y nadie parece darse cuenta. A veces se me olvida que, las tormentas internas, suelen quedarse adentro, nacer, vivir y morir adentro. Y tal vez así es como debe ser. Tal vez al final siempre estuve y estaré sola, así que se me ocurre pensar que la única forma que tengo de ser feliz, es encontrar grata mi propia compañía. "¿Y eso cómo se hace?", suena una voz en mi cabeza. Y eso... cómo se hace?

martes, 22 de marzo de 2011

Sueños

Le echaré la culpa a uno de mis blogs favoritos, de que esta mañana me desperté deseando haber terminado de soñar el sueño que estaba soñando. ¿Alguna vez te ha pasado que, sueñas algo que te gusta, y ese mismo día cuando llega la noche te duermes queriendo soñar la continuación de esa historia? Así me siento esta noche. Me ha pasado antes, he tratado, muchas veces, tal vez demasiadas, que trato de soñar dos veces lo mismo, volver a ver a alguien que conocí en un sueño, volver a ver a alguien que no existe, que nunca conoceré en persona, que no tiene ni siquiera coherencia. ¿Alguna vez te ha pasado que tus sueños son mejores que tu vida real?, a mi sí. Y no me gusta, me hace sentir que no soy feliz con mi vida cuando en realidad sí lo soy. ¿Qué más podría pedir después de todo? ¿Qué caso tendría pedir más? Y sin embargo aquí me tienes, escuchando otra vez una canción que me recuerda a alguien que no conozco, un sueño, un concepto más que una persona. ¿Qué caso tiene?

lunes, 14 de marzo de 2011

Cita

Algunas personas miran al mundo y dicen ¿Por qué? Otras miran al mundo y dicen ¿Por qué no?

George Bernard Shaw

martes, 7 de diciembre de 2010

Sabes por qué?

Irinkah Jacques dice
antes pensaba que morir un poco me haría vivir
volver a sentirme viva, "renacer"
y sabes qué pasó?

CARLOS CARDENAS dice
QUÉ PASÓ?
Irinkah Jacques dice
un día alguien en la escuela llevó marihuana
tuve taquicardia una hora, tal vez más
y feo
no de dos red bull y una aspirina
poc poc poc poc poc poc poc poc poc poc poc en mis oidos una hora
eso fue el dos de septiembre del 2009

CARLOS CARDENAS dice
CIERTO...
ME CONTASTE

Irinkah Jacques dice
lo primero que hice al día siguiente fue asignarle un día a cada uno de mis amigos para ir por un café
CARLOS CARDENAS dice
LO RECUERDO
Irinkah Jacques dice
sólo uno pudo
uno de muchos, no recuerdo cuántos
corté con la mayoría de los demás
la cosa es que un mes o algo así después del incidente mi amigo me dijo que desde el incidente yo me veía muerta
ya no sonreía
fumaba como si quisiera matarme de cáncer
empecé a tomar a escondidas,, y eso ni él lo supo
me compraba botellas en el super y las escondía en la parte de arriba de mi closset
pero supongo que más que nada lo que me tenía así era haberme dado cuenta de que en realidad estaba sola
y sabes qué?
sí estaba sola
y sóla de a deveras
más o menos por ese tiempo alguien me dijo que el secreto de la felicidad era aprender a vivir sola
y yo no le creí
cómo iba a creerle si las personas más felices que conocía tenían muchísimos amigos en facebook?
hi5, lo que sea que era en esa época
la cosa es que yo estaba muerta porque se me ocurrió pensar que para ser feliz tenía que morirme un poco.
lo curioso del caso es que no estaba tan equivocada
creo que nunca estuve más sóla que el día que descubrí que en realidad jamás estuve sola
sabes por qué?

El secreto de la felicidad

¿Qué pasaría si un día alguien llegara a tu lado y de la nada te diera el secreto de la felicidad? ¿Y si fuera algo de lo más ridículo e improbable? Si alguien te dijera que el secreto de la felicidad, es dejar de comer carne, ¿Tú lo creerías? ¿Tú lo harías? ¿Qué dirías?. Escucho todo el tiempo y por todas partes: Yo seré feliz el día que el PRI gane las elecciones, el día que pueda comprarme esa casa, el día que pueda tener esa bicicleta, ese celular, el día que encuentre al hombre de mi vida, que tenga toda la ropa que pueda desear. "Yo seré feliz algún día"... y tal vez a veces a mi también me dé por pensar así. Me pregunto qué sería del mundo si un día todos nos despertáramos pensando "Este día voy a ser feliz. Hoy, y no mañana". Me pregunto cuánto duraría esta felicidad, si todos un día decidiéramos ser felices. Hubo un tiempo, no hace tanto como algunos creerían, en que yo vestía sólo de negro. Mi madre me decía que un día maduraría y cambiaría de color, y tal vez, de colores. Y yo nunca le dije nada, pero me decía a mi misma que eso no pasaría, que eso era yo, que me conocía y yo sólo vestía de negro. Era joven, pero creía saberlo todo del mundo (Who does'nt any way?). Mi cabello aún es rosa. Pero a veces yo misma no puedo creer lo mucho que he cambiado este último año. He cambiado tanto que a penas logro recordar cómo era ser lo que fui, quien fuí antes de ser quien soy. Si es que a caso sé quién soy. La cosa es que hubo un tiempo, no hace tanto como algunos creen, en que yo no creía en el valor de la vida. Yo no sé qué hubiera respondido en aquél entonces a alguien que hoy me contó que ya no quiere la suya. Yo no sé, ¿tú qué le hubieras dicho?. Basada en mi experiencia pude haber dicho que no, que no quería ir a ningún lado, que sólo buscaba llamar la atención. Eso es lo que la mayoría busca. Pero, y qué tal que hablaba en serio? qué tal que de verdad es como yo era?. Está más que claro que jamás me perdonaría no haber dicho nada, y un día simplemente dejar de verlo en el msn. Y yo no sé qué hace uno en estos casos. Yo sé que mi amigo pensó cuando me dijo que yo sería la persona ideal para decir algo como eso, para pedir consejo, tal vez porque piensa que sigo siendo la misma de hace un año. Pero no lo soy. I don't know how to be it.

¿Qué harías si un día alguien llega y de la nada te dice el secreto de la felicidad? ¿Y si ese alguien que sabe, lo sabe por experiencia propia? ¿Tú le creerías? ¿Por qué le creerías?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Palabras y silencios

La primera vez que alguien escribió para mi un poema, no lo entendí. Entendí lo que decía, pero fue demasiado tarde cuando supe que hablaba de mi. Era una niña, más niña de lo que yo creía, más de lo que creía saber. Y no, no diré que me arrepiento. Hoy soy feliz y lo agradezco. Y sin embargo estas ganas de volver que azotan el alma, se vuelven incontrolables en estas mañanas frías en que falta un abrazo. La historia se acabó porque yo así lo quise, y hoy soy feliz así, mucho más feliz de lo que jamás hubiera sido si hubiera entendido aquél poema. En algunos casos no importa la belleza de las palabras, ni su sonido, sólo su forma, sólo lo que dictan. Las palabras escritas tienen un encanto que muchos no comprenden; El encanto del silencio, de la ausencia. Te leo y sin embargo tú no estás aquí. Estás lejos, lejos, y jamás volveré a escucharte, jamás tus palabras volverán a ser sonido. Una vez alguien me regaló un poema, en una hoja de papel. Y yo no supe lo que esas palabras dictaban, porque nunca fueron sonido... yo pensé que eran sólo palabras. Esas palabras gritaban, y yo no las pude escuchar. Hay días en que me da por pensar que tal vez me gustaría estar sola, libre, tener mis alas de nuevo y andar de cielo en cielo. A veces se me ocurre la posibilidad de volver, de volver otra vez como lo he hecho antes. Y luego abro los ojos y miro hacia atrás; Muchas veces sus palabras volvieron a ser sonido y sin embargo, su ausencia, siempre fue la misma. Una vez alguien me escribió un poema, un poema que nunca fue sonido. Su voz tenía una capacidad impresionante de hipnotizarme, y sin embargo, nunca me leyó un poema.

Hoy soy feliz, mucho más feliz de lo que jamás hubiera sido si hubiera escuchado aquél poema. Al menos, esa es una más de las cosas que se olvidaron de atarme al pasado.
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O será que yo misma me ato al pasado de maneras que ni yo comprendo?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Las cosas que uno nunca olvida



¿No es curioso que el año no se acabe cuando se acaba, sino un mes antes, cuando comienza a acabarse? Este año se muere de a poquitos, y no tenemos manera de controlarlo, de detenerlo, de mantenerlo vivo. Pero, para qué querríamos mantener vivo un año moribundo?. La situación me recuerda de alguna manera el cómo murió mi papá; no quería que lo viéramos en tan mal estado, prefirió marcharse bien. Y no lo culpo, supongo que de cierta forma lo agradezco, y creo que es así como me sentiría si quisiera mantener vivo cada año que pasa, como con respirador artificial, dializado, moribundo pero aún vivo. No tendría sentido. Por eso, como a los muertos, a los años hay que dejarlos irse. Años queridos como este que se marchan sin dejar nota de despedida, y sin embargo, en la boca, sabor a limonada de limón natural, endulzada con miel. Es curioso, que sea la primera vez en mi vida que despido un año con una sonrisa y lista para enfrentar al siguiente gran mastodonte, que se planta ante mi con la amenaza de no ser como este año que se marcha, de no ser tan noble y delicado como este 2010, pero aún de una manera que no alcanzo a comprender, mostrando su lado amable, el lado amable que todo año futuro tiene; La oportunidad de volver, no a donde estuve antes, sino a donde siempre debí mantener la vista fija.

La foto de más arriba, tomada por mi por supuesto, es un amanecer en la playa de un pueblo llamado Marquelia, en Guerrero, casi esquina con Oaxaca. También está el viaje del primero de Agosto, con su alberca tibia y sus sapos gigantes, y otros viajes que hice sólo en mi cabeza, otros dentro de mi misma ciudad. Y los otros momentos que, aunque no son viajes del todo, en este año, han dejado en mi corazón su marca indeleble.