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sábado, 31 de agosto de 2013

Un pez con plumas

Para los que no lo saben, septiembre es mi mes favorito del año. Comienza el otoño y el aire vuela distinto, huele distinto, la luz cambia de color y da la impresión de que el ambiente se vuelve más silencioso. Es el atardecer del año, atardecer todo el día. No hay mejor cielo para volar. Cada año escribo a cerca de él, y prometo no cansarme. Prometo darme el tiempo un día de estos para tumbarme por la tarde a observar las nubes solamente, como hace tantos años solía trepar el capulín junto a la casa y dejar el tiempo pasar. Entonces, cuando sí podía. Curioso, que los mejores años de mi vida, hayan sido también los peores. Extrañaba ese ambiente melancólico otoñal, tanto como las últimas lluvias del verano. No entiendo cómo esperaba encontrar en la tierra a alguien que tuviera alas, si todos los ellos están allá arriba volando. Tenía que aprender a volar para encontrar a quien volara conmigo.

Venía pensando hace rato, de camino a mi casa, con la lluvia golpeteando los cristales del vagón y la voz de una compañera de la escuela resonando en mis oidos. Siempre he sido una persona retraida y silenciosa, no pretendo cambarlo, pero noté que no recordaba de dónde salieron la mitad de mis miedos. Entre ellos la claustrofobia. Hasta hace no mucho creí no tenerle miedo a nada, o decía que no sabía a qué le temía. Era más bien que no sabía cómo llamarle a la ansiedad que me provoca estar en un lugar desconocido y con las puertas cerradas. Y comencé a recordar, ¿De dónde había salido? Mi primera impresión fue que había salido de la nada, a diferencia de la mayoría de la gente que queda marcada después de un encierro prolongado o traumático. Pero luego recordé, el momento en que el maestro salía del salón de la secundaria y entonces no sabía de dónde llegaría la primera bola de papel, el primer golpe, las primeras palabras hirientes. No, no es que hubiera olvidado el evento, sino que hasta hoy no había relacionado la sensación. Quiero creer que es el primer paso para sanarlo, para aprender a quitarme un miedo más.

Siempre me han gustado los peces, desde muy niña. Me identifico con ellos, ágiles, libres, pequeños. Recuerdo cuando una vez en la primaria una niña llevó a la escuela una de esas revistas para adolescentes con cuestionarios estúpidos, estilo test de personalidad. Uno de ellos se suponía que te diría qué elemento eras. Cuando lo respondí me dio como resultado tierra. Y yo pensé que aquello era estúpido, si yo soy agua. Siempre he sido agua, siempre lo seré. Curioso que un pez, como yo, esté tan obsesionado con volar, ¿No crees?



Volar es como andar en bici, estoy casi segura, casi casi segura.
A veces me gustaría poder soltar el manubrio, extender los brazos, dejarme llevar.
Me da miedo, pero tal vez un día lo haga.

jueves, 29 de agosto de 2013

Hay un par de cosas que sí cambian.

Puede ser que haya cosas que nunca cambian. Afortunadamente, hay un par que sí.


87km en bicicleta. Resulta, que si abres las alas, se te abren las ventanas.

domingo, 25 de agosto de 2013

No hay consuelo en la soledad

Lo terrible de la vida no es el miedo a la muerte, sino a la vida misma. ¿Qué pasa si vuelo demasiado alto y caigo? ¿Qué pasa si no logro llegar tan alto como pretendo? ¿Qué pasa si llego, pero sola?

Todavía a veces me da por pensar que tal vez no merezco esta vida, que tal vez para mi pesa demasiado. No, no se preocupen, no haré nada al respecto. Es sólo que a veces se me olvida que tengo pies y que sé caminar, que no tengo por qué esperar que nadie me ayude ni camine conmigo. Pero pesa. Siempre me consideré ágil, inteligente, o al menos lo suficiente para sobrevivir, a penas sobrevivir. Pero nunca me he pensado fuerte, esa fortaleza que otros ven en mi, estoy casi segura, es solamente miedo. A veces uno se cansa de sobrevivir y le dan ganas de volar. Siempre pensé que en el futuro habría otros cielos, más tiempo, que era joven y la vida no se me acabaría jamás. De pronto el tic tac del reloj comienza a aterrarme, cuando veo mi futuro en las frustraciones y limitaciones de todos a mi alrededor. Eso es lo que me pasa por conseguirme amigos de treinta en adelante. Luego me dio por pensar que los niños de mi edad podrían ser la respuesta, pero descubrí que ellos tampoco tienen alas. Nadie tiene alas. No sé por qué me da por esperar tenerlas yo. Y me da por enojarme con la vida, con querer gritarle, golpearla, hacer que se rompa un poco y que sienta el dolor que ella me causa a mi. Pero sé que no tiene la culpa. Culpo a los aviones sin corazón que se marchan, que pueblan los cielos de soledades y de ausencias, y a esta estúpida idea que tiene la gente de que tal vez en otros cielos podrán ser felices. No funciona así, y se los digo, pero se marchan de todas formas, me abandonan. No sé si me merezco esta vida, sólo sé que a veces vivir duele, pesa. Cuando éramos niños decíamos que no podíamos esperar para ser adultos, pensabamos que ellos hacían las cosas divertidas, que ellos lo sabían todo, lo podían todo. No nos dijeron que crecer duele, que uno debe aprender a estar solo, acostumbrarse a las ausencias, muertes y abandonos, dejar atrás los sueños y sacrificar sonrisas por éxitos. ¿Por qué no nos dijeron los adultos que vivir duele?, nos atrajeron a la vida con mentiras, fantasías. Se les olvidó advertirnos que los vivos sangran, sufren. ¿Por qué demonios celebran los nacimientos en este maldito mundo mal encuadrado, aséptico, roto? No hay consuelo en la soledad ni en abrazos de desconocidos. A veces tampoco en los brazos amados, y yo, todavía no sé cómo abrazarme a mi misma. Al final, terminaré tal vez sola en una casa grande, blanca, con alberca. Tal vez siempre lo supe y es ese mi destino, tal vez no merezco más. Nadie me empujará en las subidas, ahora lo sé. Tal vez porque yo así lo quise, pero, ¿Cómo vivir dando explicaciones?, ¿Cómo vivir haciendo feliz a todo el mundo y feliz a uno mismo? Eso no se puede, no se puede, mucho menos cuando al final no sabes siquiera qué es lo que te hará feliz. La vida no es un maldito libro de matemáticas. Sabes que el teléfono dejó de sonar porque tú lo ignoraste, y ahora no tienes el valor de levantarlo tu misma y hacerlo sonar del otro lado. Eso te hace cobarde, eso es lo que eres. No hay consuelo en tu habitación, con las cortinas cerradas y la luz apagada, ya pasaste por ahí, ya conoces el círculo, conoces el encierro, pero cuando te ofrecen alas resulta que no sabes cómo volar. Nunca nadie te enseñó a volar, en tu vida, sólo conoces cadenas, eso es todo lo que te ofrecen y todo lo que puedes pedir. Tú no sabes volar como ellos que se marchan. Tal vez eres tú la que está equivocada y si hay felicidad en otros cielos. Tal vez los aviones son sabios y saben que sí hay consuelo en la soledad. Yo no les creería, no puedo hacerlo. No, no hay consuelo en la soledad. Yo no sé por qué la busco tan estúpidamente como ellos buscan en otros cielos. Y me dejan, oh, pobre de mi, niña estúpida que no sabe que en esta vida, todos nacimos y morimos solos.


Se cayó mi colibrí, se le rompió el pico. No quiero tomarlo como una señal.

jueves, 27 de junio de 2013

Cicatrices

La primera vez que me quité las muñequeras me sentí desnuda. Como, completamente desnuda, todos mis secretos al descubierto, todo lo que siento y lo que soy, desnuda. Metía mis manos en los bolsillos, usaba blusas de manga larga porque, a pesar de que había tomado la desición, las cicatrices me daban vergüenza, una vergüenza que me era antes desconocida. Estaba desnuda, en especial mi muñeca izquierda. Me preocupaba que en una de esas alguien me preguntara por ella, ¿Qué le diría? ¿Cómo mentir a cerca de algo así? ¿Cómo ocultar lo que realmente era?. Me tomó bastante más de un año acostumbrarme, y tal vez lo logré porque nunca nadie preguntó. Los que me conocían realmente, lo sabían, los que no, nunca lo harían. Eventualmente se convirtieron en un recordatorio de algo que deseaba nunca haber sido, jamás, un pasado tormentoso del que me arrepentía, un pasado que las cicatrices nunca me permitirían olvidar. Solía pensar que sería así el resto de mis días, que era como el tatuaje que no me atreví a hacerme, algo que me definiría toda mi vida y que no me arrepentiría. Claro que, en realidad, sí me atreví y sí lo hice, me hice el tatuaje. Y sí, también me arrepentí, y mucho. A pesar de que ahora no trato de esconderlas como antes, sino que al contrario, procuro no usar ni una pulsera -no por exhibirlo, sino por no negarlo-, siguen siendo algo de lo que me avergüenzo.

Alguna vez escribí cómo era, con lujo de detalle. El momento antes, durante y después. No sé si me gustaría saber dónde lo escribí, no sé si me gustaría volverlo a leer. No sé si sería capaz, pero recuerdo algunos fragmentos. Hace poco, un paseo de fin de semana con mi primo de 9 años, recordé de dónde salió ese afán mío de no olvidar detalle de mi vida. Cuando era niña la gente ignoraba lo que decía, me trataba como idiota, no me tomaban en cuenta para nada, me decían que era tonta en cada oportunidad que tenían, que rompía cosas, que era mala en matemáticas, que sacaba malas calificaciones. Nadie me entendia cuando hablaba, era tartamuda. Nadie a excepción de mi madre. Un día sentí que de alguna manera estaba creciendo, que estaba madurando, sentí mucho miedo. El mundo comenzó a encogerse ante mis ojos y yo le temí a las alturas, temí que si me convertía en uno de esos hombres adultos que me ignoraba, tal vez un día yo podría herir a un niño como me habían herido a mi. Y sentí más miedo. Decidí  que no podía olvidar lo que era ser niña, decidí que jamás me permitiría olvidar, y comencé a escribir. Estaba en la secundaria, mismo tiempo en que comenzaron a aparecer, una a una, las cicatrices.

Alguna vez me preguntaron por qué lo hacía, si quería sentir dolor, por qué no hacer algo que no dejara tantas marcas. La verdad es que nunca dolió. Otra vez me preguntaron que por qué no esperaba para ver mi sangre cada mes. Y ese tampoco era el punto, esa pregunta sólo logró ofenderme. Lo hacía porque me hacía sentir más cerca del final, de la muerte, de ese punto en el que todas las tormentas quedarían atrás. No hacerlo realmente profundo no era cobardía ante la muerte, sino ante la vida. La media-muerte era el refugio que me quedaba ante un mundo hostil y mal encuadrado que me atacaba sin darle yo alguna razón aparente. Solía emborracharme sola en las noches para escapar de la realidad, y temí que en alguna de esas noches la navaja fuera a llegar más lejos de lo esperado. Un día decidí vivir y dejé de tomar, dejé de fumar, y dejé de cortar mi muñeca, pero pasaron años para que esto pasara.

Se llamaba María la chica que me enseñó que aquello era posible, aunque el suyo, el que me enseñó, era sólo un rasguño, como cuando te rascas con una uña rota. La primera vez que yo lo hice corté mi brazo completo, una sóla línea, larga. Mi hermano la vió y sospechó lo que era. Le dije que alguien me había rasguñado por accidente, jugando. Le mentí. Me compré una muñequera de piel negra en Coyoacán y reduje el tamaño de las heridas, pero aumenté su profundidad. No dolía, no. No temía al dolor antes de hacerlo, me emocionaba ver la navaja cerca de mi piel y poco a poco sentirla desgarrándome, recuerdo la sensación, ahora me parece bastante desagradable. Pero en ese entonces era mi alivio, mi refugio, de pronto empezaba a sangrar, y de alguna manera todo estaba mejor, como si fuera posible que así escapara algo, un poco aunque fuera, de esa maldita tristeza, de esa melancolía. No dolía hasta después, y entonces la culpa y la vergüenza ganaban, la tristeza golpeaba más fuerte y yo decidía encerrarme hasta que no se notara que había llorado. Y usualmente lo hacía más de una vez en un día, seguido no había sanado la anterior cuando hacía la siguiente. Podía pasar días encerrada en mi habitación, sin comer, a penas tomando agua, nadie notaba si yo no estaba alrededor, nadie se preocupaba por mi o nadie parecía hacerlo. Nunca jamás me sentí más sola, más invisible. Pensaba que no había nada en mi rescatable y me dedicaba a llorar mi soledad, decía que robaba el aire de los vivos, que yo no lo estaba, que sólo era un desperdicio de espacio, de carne, de aire, de comida, de tiempo, de humano. Y procuraba no respirar demasiado, no comer, no estorbar. Al principio dolía cuando algo o alguien tocaba la muñequera por accidente, cuando me vestía, siempre de negro. Eventualmente la zona se volvió insensible, hasta la fecha, ahí, todo lo que siento es temperatura. Es realmente extraño, por eso no me gusta que me toquen.

Recuerdo claramente algo que me dijo mi primer novio "oficial", me dijo, "me duele más a mi que a ti cuando haces eso", y tenía razón, a mi no me dolía. Traté de dejarlo entonces, pero no pude. Ahora sé que ese tipo de sustancias, esas sustancias que genera el cerebro, causan adicción, no muy diferente a la adicción al cigarro o al alcohol, no muy diferente de cualquier droga. Entonces no lo sabía y me llamé cobarde, seguí haciéndolo mucho tiempo después, aún hoy a veces me encuentro llamándome cobarde, sabiendo que la verdad es que no lo soy. Pasaron años todavía después de eso para que realmente dejara de hacerlo, años y mucho trabajo, trabajo que en su tiempo no me pareció que fuera a llevar a ningún lado.

Fue otro novio "oficial" el que me llevó, casi a la fuerza, a un lugar en el que enseñaban un "Método Silva de control mental". Le comenté que la cosa aquella existía, y él, cosa que yo no sabía, estaba desesperado por sacarme de ese torbellino oscuro del que me negaba a salir. Todavía escribía en cuadernos en lugar de un blog, un cuaderno totalmente privado que se suponía nadie vería jamás. No era, sin embargo, como un diario. En él procuraba retratar todo aquello que me negaba a olvidar, no eventos sino sensaciones, colores, aromas, sentimientos. Me retrataba a mi misma y mis ganas de volar lejos, lejos. Eran cuadernos de forma francesa, cuadro chico, scribe de esos de pasta plástica. En la hoja del final ponía un punto por cuadrito cada vez que pensaba en quitarme la vida, decía que si un día esa hoja se llenaba, antes de que se acabara el cuaderno en turno, lo haría, sin miedo, sin mirar atrás. Pensaba que si lo pensaba tanto era porque realmente lo quería, y que un día la hoja se iba a llenar y entonces ya nada valdría la pena. Más de una vez la hoja pasó de los tres cuartos. Un día él me confesó que abría mis cuadernos seguido para confirmar que esa hoja no se llenara, él tenía miedo, también, de mis pensamientos suicidas.

Fue en uno de esos cuadernos en el que tomé notas de aquél primer curso de cosas espirituales al que me llevaron a rastras a pesar que que fue mi idea en primer lugar. Entré al salón sin prejuicios y sin embargo sintiéndome ajena totalmente a esa gente que me decía que "pensara positivo", que "todo estaría bien", que "no había nada mal en mi". Una parte de mi decía "PENDEJADAS!", y procuraba escapar. Otra parte se sintió en casa y al final, fue esa pequeña Sofía en mi oido izquierdo, diciéndome que el camino está y siempre ha estado bajo mis pies, quien me mantuvo de pie, como los árboles, muriendo y naciendo a ciclos que aún hoy parecen interminables. Pasaron varios años antes de convencerme de la existencia de un mundo no-material, un mundo mejor y para nada inalcanzable, que podía hacer que ese torbellino oscuro se convirtiera en suave brisa rosa con brillos dorados. En ese entonces no lo sabía que eso fuera posible.

Se llama Diana la mujer que me dio uno de los mejores regalos que me han dado en la vida, una alberca tibia y sapos gigantes, aún cuando fue sólo un fin de semana. Se llama Diksha la cosa espiritual que me enseñaron. Aunque yo conocía ya algo de un mundo espiritual, inmaterial e inalcanzable, separado de mi y de Dios mismo, no encontré hasta entonces el impulso para por fin dejarme llevar por la corriente. Lo hice literalmente cuando, en el río que cruza el terreno, lancé lo más lejos que pude la última pulsera negra que usaría en mi vida. Fue entonces cuando llegué a creer que había encontrado el camino a casa, y no estaba en Coyoacán. Tampoco en la casita blanca junto al río, con su árbol de capulín y su techo con vista panorámica, sino aquí en mi pecho, latiendo día tras día sin cansarse y susurrando en cada impulso de vida que no nací para ser poca cosa, que no nací para pasar desapercibida, que nací porque merezco el aire que respiro y mucho más que eso.

Tal vez a la fecha no sé quién soy en su totalidad. Tal vez hay cosas que nunca cambian y pasarán varios años más para que se terminen los torbellinos del todo. Tal vez de eso se trata la vida y no termine hasta mi muerte. Tal vez hay cosas del pasado que por más que no queremos nos marcan en el alma, y por eso no tendría sentido borrar las cicatrices físicas, porque siguen en mi corazón. Al menos hoy me conozco un poco más y me agrado, soy adorable, pero no creo haberme visto nunca de frente. Sin embargo el camino ante mis pies se extiende y planeo seguirlo, aún con miedo, con manías depresivas, dislexia y déficit de atención. Es verdad que mi cerebro es defectuoso pero es él mismo el que me hace especial, diferente a los demás, por él sobresalgo. Recorreré este mundo con la mirada en alto porque sé lo que hay debajo, porque conozco los torbellinos y conozco esa soledad, ese mundo al que ya no pertenezco. Uno de estos días me saldré a volar para encontrar allá, en el cielo, cerquita de Dios, la felicidad. Usaré un traje que me haga libre, para volar lejos, lejos, un traje Violeta Jacaranda.

viernes, 24 de junio de 2011

Cherry blossom

No recuerdo cuándo fue la última vez que comencé a escribir sin tener idea de qué es lo que quiero decir. Tenía tiempo también que no abría la ventana para ver llover, y hoy hago esas dos cosas como si nunca lo hubiera dejado de hacer. También encendí un cigarro y fumé casi bajo la lluvia. También eso lo extrañaba. Supongo que traté de olvidar un poco de quién era, de quién sigo siendo. Quise pensar que cambiaría de la noche a la mañana y a penas hoy me di cuenta de que las cosas simplemente no pasan así, de la nada. No, nada fue así, de la nada, no esperaba que lo fuera. Se me olvidó quién soy por un momento, se me olvidó que tuve mis razones para convertirme en la mujer que soy ahora, para dejar atrás a la niña que fumaba porque era poético, que traía las uñas pintadas de negro y el cabello rosa para llamar la atención. Sí, sé que dije que no lo hacía por eso, pero supongo que todos en algún momento debemos llegar al punto de reconocer nuestros nuestros desatinos, nuestros errores. Y supongo también que aquél que no lo hace seguirá siendo un niño por siempre. No, tampoco digo que ya no soy una niña, aunque eso sea lo que quiero creer.  Lo que digo es que ya no quiero ser esa niña, que si por alguna razón debería destacar, no es por mi cabello ni mi forma de vestir sino por lo que soy, porque debo ser la mejor aunque los demás no lo crean, que debo al menos intentarlo, sabiendo que aún si no lo logro seguiré siendo yo y que pase lo que pase, no me dejaré vencer por la vida. No de nuevo, no puedo dejarme caer, no otra vez, no pienso hacerlo. Y no pienso tampoco seguir sola por este camino que la vida puso bajo mis pies. Me tardé tal vez demasiado en comprender que, aunque la soledad sea cómoda, siempre será triste. Tienes que entender que pasé sola mucho tiempo y que es difícil para mi acostumbrarme, hacer espacio en mi vida para alguien más, sea amigo, pareja o familiar. Estoy acostumbrada a estar sola y quiero cambiar eso. Estoy acostumbrada a vivir por mi, para mi, como yo quiero y cuando yo quiero. Es cómodo, sí, but it gets really lonely. Y no quiero eso, no otra vez. Ya no quiero que me digan que soy una princesa, quiero tratar de tenerle fé a la humanidad de nuevo, aunque de nuevo me paguen con una mala moneda. Quiero arriesgarme a ser feliz otra vez, y no quiero hacerlo sola.



Would you come with me?

miércoles, 27 de abril de 2011

16 Pensamientos random



El otro día tuve que pasar un día entero sola en Coyoacán, por motivos que no voy a explicarte. Normalmente tengo la costumbre de llenar las páginas de mi cuaderno completamente, sin dejar espacios en blanco, aunque amontonando las letras de vez en cuando. Es por eso que notarás que todos los escritos con la etiqueta "versión escrita" son cortas; La cantidad de palabras depende del orden y tamaño de las mismas en el papel. Pero el lunes olvidé mi cuaderno en casa, así que lo que hice fue doblar una hoja carta en 8 y usar los cuadritos como si fueran páginas. El resultado fue una serie de pensamientos random, algo misántropos y con cierto sabor a enojo. Originalmente no pensaba publicarlos...



1
No tengo ganas de escribir.
Pero lo necesito. Últimamente
me siento más rara de lo
normal. Los humanos me
aburren, son todos iguales. No
los entiendo, no sé cómo ser
como ellos. Me dicen que no
tengo qué, pero me siento
sola. A veces me dan ganas de
volver al pasado. El presente
me encarcela, me corta alas que
nunca nacieron. Te extraño.
Más de lo que me atrevo a
admitir, más de lo que debería
permitirme. No. No digo que
estaría mejor contigo. Yo sé
que no, pero te extraño.


No sé qué pasa conmigo.


2
Estar rodeada de gente me hace
daño, me hace sentir que no
pertenezco a este mundo. Tal
vez es porque es verdad, tal
vez me gusta de esa manera. No
sé si me gustaría que fuera
diferente. Estar rodeada de
gente me atormenta, y nunca he
tratado de cambiar eso. Hay
quien piensa que la soledad es
triste. Ellos no saben cuánto
más triste es la gente. La
gente es impuntual,
imprudente, egoista, casi
todos, tontos. Lo más triste
es que ni siquiera lo saben.
No tienen por qué saberlo, no
les importa.


Me pregunto si son más felices
que yo.




3
Ya son varias las veces que,
en el msn, te escribo "te
quiero" y luego lo borro. Me
pregunto si algún día le daré
"enter" en lugar de "delete".
No lo sé. A veces me cuesta
trabajo distinguir entre
sensatez y cobardía. No llevo
la cuenta de cuántas veces he
dejado ir a gente que quiero,
por ser cobarde. A veces me
pregunto si es verdad que no
estoy sola. A veces no
recuerdo si sé con certeza qué
es la soledad.




4

(otras cosas que taché y/o no
entiendo)
De más joven me imaginaba a mi
misma como la clásica
"hipster", sentada frente al
café tomando café y
escribiendo en servilletas. Me
alegra saber que me equivoqué;
Ahora tomo chocolate.










5
Traté de marcarte al celular,
pero no tienes señal. Sigo en
la plaza y me aburro. Ya fui
por chocolate, ya me senté en
el kiosco, escribí un poco, y
se me agotan las ideas. Me
gusta mi tiempo a solas, no me
quejo. El ipod aún tiene pila
pero por ahora prefiero el
canto de las aves. Escucho un
ruido en la hojarasca, en el
jardín; Eso no es un ave, me
asomo. Una lagartija persigue
a una cucaracha, intenta
comérsela. Algo asusta a la
lagartija; Un gorrión. Él se
come a la cucaracha.


Iré a seguir a un extraño.






6
En esta ciudad es raro
encontrar a alguien
interesante. Casi nunca pasa,
y cuando pasa es raro que
ellos piensen que yo soy
interesante. Eso, o huyen
corriendo en el momento en que
yo menciono a mi novio. No me
molesta en realidad, ¿para qué
querría yo hablar con alguien
que sólo quiere de mi una
cosa? No le veo el caso.
Después de todo, ¿qué es lo
que hace a alguien
interesante? Tal vez algo en
su forma de vestir, su forma
de caminar, de mirar... yo qué
sé. No me gusta equivocarme,
pero pasa muy seguido que
alguien que creí interesante
me desilusione.










7
Me parece curiosa la manera en
que caminan los ciegos,
siempre con su bastón por
delante. ¿Qué sentirán? ¿Qué
pensarán de nosotros que
tenemos el regalo de la vista?
Todo sería diferente si todos
actuáramos con la precaución
de un ciego. Me pregunto cómo
sería mi vida si tuviera el
bastón de un ciego, que
pudiera salvarme de los
errores que he cometido en la
vida. Supongo que sería más
inmadura, más ingenua, pero,
¿para qué querría uno madurez
si tuviera el bastón de un
ciego?




8
No me gusta ver la fuente de
los coyotes apagada. Me hace
sentir que esta plaza es
aburrida. No lo es. No hay
forma de que lo sea, a pesar
de lo que diga cierta persona,
con la que por cierto hace
mucho que no hablo. Me gusta
esta plaza, sus fuentes, las
ardillas trepando en los
árboles, alimentar a las
palomas, el chocolate del
jarocho, sus cafés y sus
restaurantes, la gente rara
que viene aquí, sus
vagabundos, sus colores, la
historia de este lugar al que
llamo hogar, que es mi propia
historia.






9
"Tal vez no estaré aquí cuando
vuelvas", te dije, y tenía
razón. Normalmente no pienso
mucho en eso, pero hoy me
dejaron plantada y al parecer
tendré mucho tiempo de sobra.
Tenía rato que no pasaba un
día como este. Me agrada, me
hacía falta. Te diré la
verdad; No te extraño. Ni a ti
ni a él. Pero me da curiosidad
saber qué ha sido de tu vida;
¿Cómo está tu hijo? ¿Estás
estudiando lo que me dijiste
que querías? ¿Cómo está ella?
¿Volvieron? ¿Se separaron?,
pero, sobre todo, ¿Me extrañas?






10
Ya debería tener práctica en
eso de aguantarme las ganas de
llorar en público. La verdad
es que no. No puedo. Es por
eso que aún uso la excusa de
ir al baño para estar un
momento a solas.
Prometo lanzarme a los brazos
del próximo que me
trate como a una princesa, que
no piense que tratarme mal es
una forma de decir "Te quiero"




11
CENSURADO






12
CENSURADO




13
Son pocos los que saben lo que
significa para mi un abrazo,
lo que vale. Normalmente me
cuesta trabajo acercarme a la
gente. Tocar las manos de
alguien que no conozco puede
llegar a hacerme enojar. Pasa
muy seguido que rechazo o me
alejo de gente conocida, y lo
malinterpretan. No me gusta
que pase eso, como tampoco me
gusta que traten de tocarme
sin mi permiso. Si me pusieras
a pensar, a rebuscar en mi
pasado la razón psicológica,
sociológica de esto, te
respondería que no ----- te me
acerques.






14
CENSURADO


15
¿Qué es exactamente lo que
hace de un lugar cualquiera un
hogar? ¿Cuál es la diferencia
entre esta y cualquier otra
plaza? Sé que viniendo aquí me
arriesgo a encontrarme de
frente con los fantasmas de mi
pasado. Ya ha sucedido antes,
y tal vez lo hago a propósito.
Tal vez lo hago porque me da
miedo dejar atrás al pasado.
Podría nombrara a alguien que
quise por cada banca de este
lugar. Podría ->




16
señalarte los lugares en los
que he llorado, en los que he
reido, donde he dormido, el
billar en el que aprendí a
fumar, el lugar donde lo besé
por primera vez, donde aprendí
a alimentar a las palomas de
niña. Está aquí la casa de mis
sueños, la gente que conozco y
la que me falta por conocer.
¿Qué es lo que hace de un
lugar cualquiera un hogar? Te
diré algo; Me he mudado de
casa mil veces, y el único
lugar al que he podido
volver... está aquí.

domingo, 20 de febrero de 2011

Sueños en renta

La casa de mis sueños está en renta. Es una casa blanca con azul, no demasiado grande. Cuando pasé frente a ella con mi novio, le señalé el letrero de "SE RENTA". Él sólo dijo "no me gusta", me cambió el tema. Claro que no sabe que es la casa de mis sueños. Muchas veces, desde muy niña, me dijeron que era demasiado soñadora, que se me pasa el tiempo soñando cuando debería estar viviendo. Y creo que es verdad, paso más tiempo soñando despierta que viviendo o soñando dormida. Nunca me molestó en realidad que ninguno de aquellos sueños nunca se hiciera realidad, nunca hice nada tampoco para hacer real nada de lo que soñé, siempre me quedó claro que en la vida, una cosa son los sueños y otra la realidad, y los sueños y la realidad, no se mezclan. Tal vez es por eso que nunca me puse a pensar en qué pasaría si un día tuviera la oportunidad de hacer realidad uno de esos sueños. La casa de mis sueños está en renta, y yo no me atrevo a saltar al vacío. Eso me lleva a preguntarme qué pasaría si llego a tener la oportunidad de vivir la aventura de mis sueños, de conocer al hombre de mis sueños, de encontrar el lugar de mis sueños, ¿Sentiría entonces estar saltando al vacío? ¿Cómo se supone que le hace uno para separar las fantasías de la realidad? ¿Qué carajo es la realidad a final de cuentas?
.
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Y... si el amor de mi vida es un imbécil?

lunes, 13 de diciembre de 2010

The way back home


No siempre quise ser fotógrafa. Supongo que desde muy pequeña tuve cierto talento para las imágenes, al menos es lo que dice mi madre. Creo que lo primero que quise ser, fue veterinaria, bióloga, vivir rodeada de animales, más que de seres humanos. Claro que en esa época no lo decía así, era una niña. Supongo que no está de más decir que nunca encontré grata la compañía de los de mi especie. No me preguntes por qué. Creo que fue en primero de secundaria, que fui con mi madre por mis útiles escolares; Estaba muy emocionada con mis cosas para dibujar nuevas, y me puse a diseñar la casa que querría para mi cuando fuera grande. La imaginé blanca y grande, un poco minimalista. Claro que entonces no tenía ni la más remota idea de qué era el minimalismo. En la oficina, mi madre le dijo a una mujer que trabajaba con ella, que estaba segura de que yo de grande sería diseñadora o algo parecido. Pero eso era tonto, yo quería ser veterinaria, yo iba a ser veterinaria. No mucho después alguien me prestó un disco de los Enanitos Verdes, alguien cuyo nombre recuerdo claramente, tanto como su historia, una de esas historias que uno desearía no recordar. Enanitos Verdes... siempre me pareció un nombre curioso para un grupo de música. La canción se llamaba "Eterna Soledad". Fue unos años más tarde que aprendí a fumar con esa canción... esa fue mi primera canción para no dormir, y fue también por ella que quise aprender a tocar la guitarra. Me imaginaba a mi misma tocando frente a un auditorio grande, lleno de gente desconocida que admiraba lo que hacía, y no como cuando los niños se burlaban de mi en la secundaria. Sería la forma perfecta de mostrarle al mundo que no era la niña idiota que todos veían en mi. No sé explicar por qué, pero siempre sentí que no era yo este cuerpo. No, yo era algo más, algo más grande y mejor. Y tal vez hacer música sería la forma de mostrarle al mundo lo que era, no una niña, no alguien de quién abusar o a quién molestar. Nadie se reiría de mi cuando fuera famosa. Puede ser porque me rendí demasiado pronto, o puede ser que en realidad ese nunca fue mi sueño. Siendo honesta, aún extraño ese ambiente, el de la música. Nunca vi ese mundo tan de cerca como en esa época hubiera querido, pero tuve la oportunidad de perderme en él. Y aunque a veces me pregunto si debí, si sería más feliz ahí, la verdad es que no me arrepiento de lo que decidí. Aún cuando hoy todavía no estoy muy segura de lo que quiero ser. Me hace sentir un poco perdida, como si mi identidad dependiera de mi carrera, el no estar estudiando en una universidad.  Sé que antes dije que era mi cámara lo que me define, pero antes de eso, no en un blog, dije que era mi restirador, y todos los lápices, pinceles y pinturas sobre él. Y tal vez los dos lo son, pero últimamente me he dado cuenta de que muchos piensan que no, que no se puede ser las dos cosas. Yo sé que los que dicen eso no conocen mi mundo, y tal vez es sólo que a veces me gustaría poder platicar con alguien que lo entendiera. Hoy pasó algo que me hizo sentir un poco más sola de lo normal, que me hizo darme cuenta de que he cambiado incluso más, mucho más de lo que yo pensé. Ya no me siento acompañada ni siquiera estando con mi propia familia, y yo no sé si eso sea bueno o malo, pero estoy muy segura de que no me gusta. Es como si ya no viviera en la casa en la que vivo, como si ya no fuera nada de lo que ellos creen que soy. Me tratan como igual y ellos para mi son como marcianos. Yo era como ellos, y ya no sé cómo decirles, no sé si debo decirles. Es curioso que sean tan pocas las cosas que no cambian con el pasar de los años; Todavía me paso horas pensando en cómo sería la casa de mis sueños. Todavía mi cámara es una extensión de mi cuerpo, todavía pienso en imágenes, en colores, en formas. Necesito volar y no sé a dónde. Necesito volar y no sé cómo.
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Encontré a alguien que estuvo conmigo tres años en la secundaria. Ella no supo quién era yo. ¿Tanto he cambiado? 
Where is home now? Where do I go? 

jueves, 25 de noviembre de 2010

La gran ciudad




De todos los temas que podría imaginar, de todas las cosas de las que me apetece escribir, de todas aquellas que me gustaría llevar en mi memoria, plasmar en mi blog, estoy segura de que la ciudad en la que nací, no sería de las primeras en las que pensaría. Sé que no la dejaría, al menos no todavía, aún no me ha dado buenas razones para abandonarla. Y es que escucho las quejas de todo el mundo, veo los periódicos amarillistas cuando me toca viajar en metro (cosa por demás desagradable), veo el miedo que tiene la gente, el miedo que le da a mi madre dejarme salir a pasear sola en la ciudad... En las calles sólo se respira miedo. Y eso me hace preguntarme, ¿será que en realidad es tan malo? No lo sé. He llegado a pensar que en realidad no es que el mundo sea tan malo, sino que la humanidad se esfuerza demasiado en ver sólo lo malo, sólo lo que "hay que luchar en contra dé", tanto que pierden la capacidad de ver lo bueno, de ver más allá. Digo que tal vez no hay más muertes de lo normal, es sólo que la sangre vende más que el amor, y por lo tanto, se publica más. Me gustaría tener la certeza de estar en lo correcto, me encantaría saber que esa es la razón del miedo en nuestras calles. Y sin embargo todos los días que salgo a la calle, escucho lo mismo: "Cuídense, las cosas están mal, van de mal en peor, todo va siempre mal, todo mal".

Tal vez es porque yo nunca he salido herida, porque yo jamás he visto algo malo y la gente que me encuentro en la calle siempre me sonríe de regreso cuando yo sonrío. Me gustaría poder sonreir más a menudo, es una lástima que en esta ciudad lo normal es tener cara de enojado. Y tener prisa, ganas de llegar a no sé qué lugar a tiempo, ganas de ganarle al de al lado sin pensar que tal vez el de al lado no necesita un empujón sino un "jalón", hacia arriba, no a un lado, no al piso. Y supongo que no hay mucho que pueda hacer yo sola. A todos, en la escuela, en nuestras casas, incluyéndome a mi, nos educaron con el clásico "todo es cosa de pisotear o ser pisoteado". Y es así como funciona mi ciudad, esta ciudad. O... tal vez es por eso que no funciona... No funciona, lo sé. O funciona a la conveniencia de unos pocos. Demasiado pocos y demasiado poderosos. Creo recordar que fue Salvador Dalí quien dijo que no le gustaba la Ciudad de México porque era más surrealista que él mismo... y a mi parecer no estaba equivocado, aunque no estoy segura de poder definir una "ciudad surrealista".

Y sin embargo tiene sus cosas bellas. Están las tardes como esta que pasé en Coyoacán comiendo pizza con mi novio. Y los días en que salía a andar en bicicleta a la calle cuando era niña. Y está el parque de los venados, con la huella indeleble de cuando cabía en las pequeñas motonetas que rentan(rentaban) ahí. Y también el bosque de tlalpan donde llegué a ir sólamente a estar un rato con la naturaleza. También recuerdo el lugar de comida china, Chon Pak, creo que se llama (y todavía está ahí, después de más de 20 años). Y está el recuerdo de la barda que separaba mi casa de un terreno baldío al lado de mi casa, cuando yo media todavía menos de un metro.  Y mis primeros atardeceres sentada en otra barda, de otra casa, de otro mundo. Y las ferias y los parques y los centros comerciales y los helados, y las calles. Y las calles de Coyoacán, las únicas calles. Todo mi pasado, toda mi vida, la gente que conozco y la que me falta por conocer, todo está aquí, al sur de la ciudad de México. Y entonces viene alguien desconocido e inmaterial que me pregunta si me gustaría irme. La respuesta es no. La respuesta es la misma de siempre.

viernes, 29 de octubre de 2010

El escape perfecto

Se me ocurrió que podía sólo quedarme dormida y soñar que volaba. Pero no sería suficiente. Me imaginé una y mil veces el perfecto encuentro con el amor de mi vida. Aún en mis fantasías, el hombre perfecto nunca lo era. Es tal vez saber que no pasa nada en mi vida, y que no hago nada al respecto. Le llámare frustración, por el puro gusto de ponerle nombre. Yo no sé por qué gasto mi tiempo en perderlo. Desde muy niña quise ser de esos hippies que salen de viaje todos los fines de semana. Ya sabes, de mochila al hombro, de aventón, y regresar los lunes en la mañana bañada de tierra, y cada vez con una historia más qué agregar a la colección. Y tener una colección grande, digna de libros y libros. Me conformaría con mil entradas de blog. El problema es que, como muchas cosas en la vida, no tendría ningún caso hacerlo sola. Y es por eso que me canso de imaginar e imaginar, como si no hubiera vida más allá de mi cabeza. Como si no hubiera mundo más allá de mi habitación, fuera de mi computadora.

jueves, 7 de octubre de 2010

Fly

Tenía algo así como doce años cuando comencé a soñar que volaba. Todavía recuerdo la primera vez, con una con una nitidez que te sorprendería, si pudieras entrar a mi cabeza y verlo por ti mismo. Te juro que te costaría trabajo diferenciarlo de la realidad, de un recuerdo cualquiera. Con la pequeña diferencia, claro, de que en un recuerdo cualquiera, no vuelo. Ese sueño fue especial, por esa y muchas otras razones. Aún recuerdo la sensación, y déjame decirte que no fue para nada agradable. Un vértigo impresionante, como si mis pies de pronto perdieran su capacidad de mantenerme pegada al piso, mi cuerpo de pronto pesara menos que el aire (mucho menos), la falta absoluta de control, el estrellarme contra un poste de luz, la parte de arriba de un poste de luz. Y luego no poder regresar a mi casa, no poder bajar del maldito poste de luz. Recuerdo que me abracé al poste como si aquello no fuera un sueño, como si en verdad fuera a darme el golpe de mi vida si llegaba a soltarme. Desperté rápido afortunadamente, pero te aseguro que no fue divertido. De cierta forma me alegra decir que estos sueños de vuelo comenzaron a volverse divertidos unos años después (Hoy casi podría jurar que controlo lo que hago, hacia dónde vuelo y cómo). El otro día estaba viendo un video de Cirque du Solei. "Alegría", si lo ves, cómpralo, es una orden. Una vez vi en un documental que el cerebro, no recuerdo cómo o por qué, cuando uno ve la imagen de un ser humano haciendo algo que uno mismo sabe hacer, segrega las mismas sustancias y genera las mismas sensaciones que cuando uno lo está haciendo. Le dicen empatía, creo, y entonces no creo que fuera difícil de adivinar por qué a los deportistas les gusta ver a otros deportistas, a los patinadores les gusta ver patinadores y a los fotógrafos nos gusta ver fotografías de otras personas. Lo curioso del caso, ese día que mi hermano trajo el video de Alegría, es que estaba viendo a un gimnasta hacer piruetas en el aire colgado de un resorte. Daba la impresión de que volaba. Y sí, cuando lo vi tuve exactamente la misma sensación que me provoca soñar que vuelo. "Pero yo vuelo sin cuerdas, sin ataduras" le dije telepáticamente al pobre iluso de la televisión. Luego me di cuenta de que él, colgado de esas cuerdas, estaba mucho más cerca de volar de lo que yo jamás estaré. Yo jamás volaré, y es extraño despertar en las mañanas, después de haber volado toda la noche, y descubrir que sigo tan pesada como la noche anterior antes de irme a dormir, que jamás volaré, que no importa lo que haga ni cuán alto pueda brincar, jamás sentiré mis pies elevarse del suelo. Me estaba preguntando si en el agua sería algo parecido, si poder respirar bajo el agua, sería lo mismo que volar. Mi problema es que jamás le perderé el miedo a las profundidades, yo no podría volar bajo el agua, pero tú sí. Y yo no sé qué sería capaz de hacer para convencerte de que vivas mi sueño, y vueles por mi... porque yo no puedo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Volar

¿Qué harías si una linda noche de otoño, finales de septiembre, te dijeran que puedes, que tienes la opción de salir volando? Literalmente, con avión incluido y toda la cosa. Los humanos le llaman "intercambio estudiantil". Yo aún no encuentro una forma creativa de decirlo, para no tener que decirlo. Australia, tal vez. Me agrada la idea, relativamente. Supongo que cierta parte de mí está aún escondida, amordazada en el sótano, en algún lugar en mi cabeza. Y no sé, tal vez logre mantenerla así hasta el día del viaje. Si... si es que llega a haber tal viaje. Pero no está mal considerarlo, creo yo. Al fin y al cabo, ¿qué me ata aquí?... tal vez sólo el pasado. Y me han dicho (he dicho) que eso no es bueno. No puede serlo. Y tal vez esta vez escucharé mis consejos, y me diré "Vuela, vuela lejos. Vuela porque, si todo mundo se va, ¿por qué no ser tú esta vez quien se vaya? Quien deje atrás este mundo, porque no hay nada en él que valga la pena. Allá también hay nubes, helado, otoño, atardeceres, amaneceres, café, hojas secas. Vuela, vuela lejos porque aquí no hay nada, nada, nada.". Pero, qué harías tú?