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martes, 3 de septiembre de 2013
Dejarme estar viva
Qué mejor momento que los primeros días de Septiembre para comenzar una nueva vida. Con corte de pelo nuevo, actitud nueva y una que otra decisión que seguramente me hará quedar como la loca frente a mi familia una vez más. Pero parte de esta nueva actitud incluye hacer lo que se me dé la gana sin importarme lo que nadie, principalmente mi familia, opine a cerca de mis locuras. Tal vez sí me haga más feliz dar clases de dibujo para niños que estudiar arquitectura, tal vez no. No ganaré tanto como dentro de treinta años en caso de que hubiera decidido terminar arquitectura, pero seré más feliz y podré cortarme y pintarme el pelo tan ridículo como sea posible, viajar a donde quiera cuando quiera y con quien quiera, dejarme ser libre, loca, porque son esas las extravagancias que se les permiten a los artistas pero no a los arquitectos, a los oficinistas cualquiera que creen que mientras más dinero tengan mejor estarán aunque eso los haga profundamente infelices. No, yo no quiero eso, yo quiero ser feliz y no me rendiré fácilmente, no dejaré que mis miedos me invadan sino que dejaré que me fortalezcan, como lo han hecho en el pasado.
Me emociona. Tomar esta decisión me hace sentir una felicidad prematura que la arquitectura nunca me causó. No significa que dejaré este hábito que tanto me ha costado tomar de dormir tarde y despertar temprano, porque de eso se trata la vida, de estar vivo. La vida no es séptica, no es encapsulable ni ordenada, no es algo que puedas limitar, la vida es peligrosa, y siempre encuentra su camino. Y yo pretendo dejarme estar viva.
sábado, 31 de agosto de 2013
Un pez con plumas
Para los que no lo saben, septiembre es mi mes favorito del año. Comienza el otoño y el aire vuela distinto, huele distinto, la luz cambia de color y da la impresión de que el ambiente se vuelve más silencioso. Es el atardecer del año, atardecer todo el día. No hay mejor cielo para volar. Cada año escribo a cerca de él, y prometo no cansarme. Prometo darme el tiempo un día de estos para tumbarme por la tarde a observar las nubes solamente, como hace tantos años solía trepar el capulín junto a la casa y dejar el tiempo pasar. Entonces, cuando sí podía. Curioso, que los mejores años de mi vida, hayan sido también los peores. Extrañaba ese ambiente melancólico otoñal, tanto como las últimas lluvias del verano. No entiendo cómo esperaba encontrar en la tierra a alguien que tuviera alas, si todos los ellos están allá arriba volando. Tenía que aprender a volar para encontrar a quien volara conmigo.
Venía pensando hace rato, de camino a mi casa, con la lluvia golpeteando los cristales del vagón y la voz de una compañera de la escuela resonando en mis oidos. Siempre he sido una persona retraida y silenciosa, no pretendo cambarlo, pero noté que no recordaba de dónde salieron la mitad de mis miedos. Entre ellos la claustrofobia. Hasta hace no mucho creí no tenerle miedo a nada, o decía que no sabía a qué le temía. Era más bien que no sabía cómo llamarle a la ansiedad que me provoca estar en un lugar desconocido y con las puertas cerradas. Y comencé a recordar, ¿De dónde había salido? Mi primera impresión fue que había salido de la nada, a diferencia de la mayoría de la gente que queda marcada después de un encierro prolongado o traumático. Pero luego recordé, el momento en que el maestro salía del salón de la secundaria y entonces no sabía de dónde llegaría la primera bola de papel, el primer golpe, las primeras palabras hirientes. No, no es que hubiera olvidado el evento, sino que hasta hoy no había relacionado la sensación. Quiero creer que es el primer paso para sanarlo, para aprender a quitarme un miedo más.
Siempre me han gustado los peces, desde muy niña. Me identifico con ellos, ágiles, libres, pequeños. Recuerdo cuando una vez en la primaria una niña llevó a la escuela una de esas revistas para adolescentes con cuestionarios estúpidos, estilo test de personalidad. Uno de ellos se suponía que te diría qué elemento eras. Cuando lo respondí me dio como resultado tierra. Y yo pensé que aquello era estúpido, si yo soy agua. Siempre he sido agua, siempre lo seré. Curioso que un pez, como yo, esté tan obsesionado con volar, ¿No crees?
Venía pensando hace rato, de camino a mi casa, con la lluvia golpeteando los cristales del vagón y la voz de una compañera de la escuela resonando en mis oidos. Siempre he sido una persona retraida y silenciosa, no pretendo cambarlo, pero noté que no recordaba de dónde salieron la mitad de mis miedos. Entre ellos la claustrofobia. Hasta hace no mucho creí no tenerle miedo a nada, o decía que no sabía a qué le temía. Era más bien que no sabía cómo llamarle a la ansiedad que me provoca estar en un lugar desconocido y con las puertas cerradas. Y comencé a recordar, ¿De dónde había salido? Mi primera impresión fue que había salido de la nada, a diferencia de la mayoría de la gente que queda marcada después de un encierro prolongado o traumático. Pero luego recordé, el momento en que el maestro salía del salón de la secundaria y entonces no sabía de dónde llegaría la primera bola de papel, el primer golpe, las primeras palabras hirientes. No, no es que hubiera olvidado el evento, sino que hasta hoy no había relacionado la sensación. Quiero creer que es el primer paso para sanarlo, para aprender a quitarme un miedo más.
Siempre me han gustado los peces, desde muy niña. Me identifico con ellos, ágiles, libres, pequeños. Recuerdo cuando una vez en la primaria una niña llevó a la escuela una de esas revistas para adolescentes con cuestionarios estúpidos, estilo test de personalidad. Uno de ellos se suponía que te diría qué elemento eras. Cuando lo respondí me dio como resultado tierra. Y yo pensé que aquello era estúpido, si yo soy agua. Siempre he sido agua, siempre lo seré. Curioso que un pez, como yo, esté tan obsesionado con volar, ¿No crees?
Volar es como andar en bici, estoy casi segura, casi casi segura.
A veces me gustaría poder soltar el manubrio, extender los brazos, dejarme llevar.
Me da miedo, pero tal vez un día lo haga.
lunes, 8 de agosto de 2011
Casi Otoño
Trabajo en la computadora, y por la puerta abierta se cuela el viento frío. Su olor trae la noticia de un otoño próximo, de un otoño nuevo. Frío, dulce y triste, alegre y amarillo como tantos otros. Aún no es tiempo, según los expertos, aún no pero yo me siento y veo la luz parda del atardecer que me dice "se equivocan, ellos se equivocan". Ya casi puedo sentir el aroma de noviembre, las frutas cocidas con piloncillo, los niños en día de muertos tocando a la puerta por dulces. Esa sensación de silencio absoluto durante las últimas horas de luz. Y el viento, poco o muy fuerte, que arrastra y arrasa, se lleva todo a su paso. Que canta, que adormece. Una vez alguien me dijo que las nubes de otoño son las mejores, y yo le creí.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Volar
¿Qué harías si una linda noche de otoño, finales de septiembre, te dijeran que puedes, que tienes la opción de salir volando? Literalmente, con avión incluido y toda la cosa. Los humanos le llaman "intercambio estudiantil". Yo aún no encuentro una forma creativa de decirlo, para no tener que decirlo. Australia, tal vez. Me agrada la idea, relativamente. Supongo que cierta parte de mí está aún escondida, amordazada en el sótano, en algún lugar en mi cabeza. Y no sé, tal vez logre mantenerla así hasta el día del viaje. Si... si es que llega a haber tal viaje. Pero no está mal considerarlo, creo yo. Al fin y al cabo, ¿qué me ata aquí?... tal vez sólo el pasado. Y me han dicho (he dicho) que eso no es bueno. No puede serlo. Y tal vez esta vez escucharé mis consejos, y me diré "Vuela, vuela lejos. Vuela porque, si todo mundo se va, ¿por qué no ser tú esta vez quien se vaya? Quien deje atrás este mundo, porque no hay nada en él que valga la pena. Allá también hay nubes, helado, otoño, atardeceres, amaneceres, café, hojas secas. Vuela, vuela lejos porque aquí no hay nada, nada, nada.". Pero, qué harías tú?
jueves, 23 de septiembre de 2010
Primer día de Otoño
Primer día de otoño, un veintitrés de Septiembre. Y yo me siento y miro por la ventana; es de noche. Tal vez hubiera pensado que me hace falta un cigarro, como el año pasado, otro 23 de Septiembre, otro primer día de otoño. Yo ya no soy la misma. Y no es que no quiera o no pueda serlo, simplemente no lo soy. Supongo que sería poca la gente que entendería esta sensación que tengo de haber nacido de nuevo, de ser algo completamente nuevo, en un mundo tan nuevo como los ojos con que veo este mundo, tan grande como desconocido. Me pregunto a veces si podría volver. Volver no sé a dónde, sólo volver. Si habría alguna razón que pudiera volver a atarme al pasado, volver a hacerme ser lo que siempre he sido, lo que todos aquellos, a quienes ahora me niego a nombrar, conocieron un día, y tal vez piensan que sigo siendo. Abrí un blog pensando en llevar un registro, el registro que no llevé en mi vida pasada. Comencé a escribir, hace muchos muchos años, impulsada por el miedo a olvidar. Olvidar yo no sé qué, olvidarlo todo, olvidar los pequeños detalles de la vida que me hicieron ser lo que soy hoy. ¿Quién/qué soy hoy?, no me preguntes a mi, ¿Yo qué sé? ¿Cómo podría saberlo? La cosa es que no quiero volver a olvidar. No quiero volver. Hoy, me cuesta trabajo recordar lo que fui, quién fui, y tal vez es eso lo que hoy me obliga a seguir escribiendo, aún cuando ando corta de inspiración. No el miedo a olvidar sino las ganas de recordar. De no enterrar en letras del pasado todo aquello que me ha hecho aprender, los caminos que he andado, tal vez para no andarlos de nuevo. No por no querer olvidar, sino por querer congelar al tiempo. Ese maldito tiempo...
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