domingo, 9 de noviembre de 2014

If my life is for rent and i dont learn to buy, then i deserve nothing more than i get, nothing i have is truly mine

cómo ahogar el llanto cuando es él quien te ahoga a ti?
ahoga las palabras y las ganas de compañía
Hay cosas que ya no valen cuando tienen que rogarse.
Llega un punto en la vida en el que ya no sirve de nada esconderse en cajas de cartón, simplemente porque ya no existen cajas de tu tamaño.

Alguna vez has tenido esa sensación de haberlo perdido todo?
de estar completamente solo en el mundo?
o de querer estarlo.
o ese punto en el que ya no sabes si lo que quieres es que alguien acompañe tus lágrimas o que tengan la decencia de dejarte llorar en silencio.

Alguna vez has querido rendirte?, simplemente borrarte de la existencia.
simplemente nunca haber existido.
Alguna vez te has arrepentido de haber nacido?

Vivir duele, crecer duele más.

Te has parado frente al espejo y no has sido capaz de reconocer tu rostro?

Alguna vez te has sentido homeless?



hopeless.






heartless.

viernes, 7 de noviembre de 2014

La niña perro

Le gustaba pensar que en otros cielos encontraría nubes de algodón de dulce, casas de galletas y chocolate, otros niños perro con los que pudiera jugar. La niña perro sonreía como sólo los perros saben, sin razón y sin sentido, aunque nadie la entendiera, sonreía de inocencia, reía de ignorancia. Pensaba que ser grande era ser libre, y no podía esperar para crecer. Pensó que nunca se le acabarían sus infancias de arrayán. Pero la sonrisa se le murió muy pronto, junto a su papá. Cuando sólo tenía 9 años, se hizo amiga de la muerte.

El mundo le enseñó que era mejor ser tortuga que perro, que si te aislas, si te endureces, si te escondes, si apagas tu voz nadie puede lastimarte. Que la soledad es compañera, que en soledad, todo estaría bien. La niña tortuga se escondió en oscuridades que no le correspondían, y se sentó entonces en la mesa de un café a platicar con la muerte sobre la vida y la existencia. Ella le enseñó que en cada esquina hay una puerta de salida. Y le regaló algo parecido a la esperanza, sus contradicciones y sus armas, sus razones para seguir y sus razones para no seguir. A cambio, le pidió sus alas oxidadas y sus sueños. Antes no sabía que tenía alas, por eso no le importó perderlas. Y así, a la niña tortuga se le fue la vida, en su encierro, en su caparazón sumida en fantasías, ilusiones, mundos de papel.

No sabría decir si fue ya tarde cuando vino una anciana a romperle su caparazón. Como pedacitos de cristal regados revueltos con lágrimas, lágrimas que se hicieron mares. Al salir, lo que quedaba de caparazón cortó sus pies, sangraron, de dolor se hicieron aletas, aletas de pez violeta jacaranda. Y el pez nadó y nadó, y conoció algo parecido a la libertad. Descubrió que el mar era grande, que había mucho qué aprender y aprendió. Aprendió del mar que las lágrimas eran luz disfrazada, que sus tormentos un día la harían fuerte, que sus fracasos la llevarían lejos, que la vida no es injusta y que era la infancia la que era libre. Y entonces volvió la muerte de visita, le propuso un trueque; Sueños y alas, a cambio de su madre. La niña pez dijo no, y no mil veces, y lloró de nuevo, y gritó, y de dolor, se le fueron secando las aletas. La muerte es sabia, mañosa y traicionera, pero como la vida, no es injusta. Las alas que se había llevado oxidadas volvían listas para volar y cargadas de mil sueños nuevos.

Fue entonces que al pez, no le quedó más que hacerse colibrí.

lunes, 13 de octubre de 2014

Instantes (Otra vez mamá)

A veces se nos olvida que están muertos, los muertos.
Y preparamos desayuno para cuatro
llamamos sus propiedades como suyas
pensamos en ellos cuando vemos algo qué regalarles
vamos por la calle y pensamos "llegando a casa le preguntaré..."

Y entonces, por un segundo están vivos
un milésimo instante en el que sentimos la alegría
la perspectiva de compartir con ellos
de contarles cosas
de regalarles cosas
de comer con ellos.

Instante que no dura;
se lo come el recuerdo.

Los vivos nos enfrentamos a la realidad
de que se han ido
de que nos dejaron
sus cajones llenos de ropa, nuestras dudas
la esperanza de verlos sonreir.

Y mueren de nuevo,
una vez más
algo se rompe dentro de ti y sientes su agonía,
recuerdas que no te despediste,
vuelves a vivir el funeral
y ese momento maldito en que caiste en cuenta
de qué significa la muerte realidad.

Ya no recuerdas sus cumpleaños,
tus cumpleaños con ella,
no volverás a escuchar historias de tu infancia,
nunca podrás preguntarle
si ese chico te conviene.

En un instante la vida te arrebata
lo que más querías en este mundo.
Un instante que duele tanto
que es capaz de arrancarte la vida.

Escribir de nuevo

Es de idiotas pensar que somos todos iguales
No somos todos iguales, no, estamos los rotos
y están quienes nos rompieron.
Yo no nací con el alma rota, fue este mundo maldito malencuadrado,
fueron los muertos de trajes grises de dos botones y corbata.

Quién sabe que es tu corazón quien baila y se derrama
quién sabe que es no es tinta sino sangre vida lo que se gasta sobre el lienzo
quién entiende a tus labios que se incendian si no escupen el veneno.

Cómo esperar que sean ellos quienes aplaudan tus dibujos que no entienden ni valoran
cómo creer que es sincero el halago de quien sólo puede contemplar su ego
cómo exponer tu ser a quienes rompieron tu espíritu.

Tal vez por la nostalgia de sentirte niña, vulnerable
tal vez para mostrarles que sangraron tu cuerpo
pero no lograron doblegar tu alma
Tal vez poque hay quien entiende tus ojos de fuego
que se negaron a callar su llanto.

Y escribiré de nuevo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Wake me up when September ends

Algo mágico flota y se mece en el aire de Septiembre. No sé si es una vieja manía mía de amar lo que me hace daño o esa brisa dorada, reflejos de un sol cobarde que quema, entibia pero no calienta. Me gusta la palabra cobardía, significa que antes ya alguien fue así, como yo, y que no soy la única. Septiembre comienza a terminarse, igual que este año maldito, va muriendo poco a poco.  Este año que a mi me olió a muerte desde el principio, a muerte y a frustración y a encierro. Mi recámara, que antes fue mi refugio, se ha convertido en mi cárcel, en el recuerdo cíclico e interminable de lo que ha pasado, de lo que he sentido, de lo que ha sido este año para mi. Se siente viciado el aire y huele raro, no como ese algo dorado de las tardes de este Septiembre que ya casi se acaba. En otros años, ha significado el final de la tormenta, el silencio, y hoy estoy de rodillas frente a Dios pidiéndole que, al menos eso, no cambie este año. Y la vocecilla en mi oido izquierdo no para de decirme que la niña no ha muerto, como que no entiende que pocas cosas matan niños tan fácilmente, tan rápido, tan de tajo como la desilusión, como la muerte de la esperanza. Así ha de ser como mueren todos los niños, como se van convirtiendo todos y cada uno en hombres respetables, y se enfundan en sus respectivos trajes grises, sus horarios de oficina y sus "así es la vida, ¿Qué le vamos a hacer?". A mi, alguien me enseñó que la vida no es así, y aunque luego se arrepintiera, yo le agradezco que me enseñara a escuchar las voces de las aves, el canto de los grillos y el llamado de la montaña, que me enseñara que existen formas de ser libre y de ser feliz, y que esas cosas sólo se logran cuando uno sabe vivir sin máscaras, cuando uno aprende a amar, simplemente, así sin más, amar. Amar como sólo los perros saben. Yo quisiera ser un perro y amar a todos por igual, vivir con la lengua de fuera, riendo todo el tiempo sin que nadie se preguntara por qué o me juzgara. Yo quisiera enseñarles a todos los humanos que es posible amar como perro. Y por eso a veces le creo a esa pequeña voz que me dice que la niña no ha muerto, que aún no se acaba el brillo, que aún hay vida en mi vida. Pero este año ha sido un septiembre largo largo, y llevo tanto tiempo encerrada en mi recámara que por momentos tengo la sensación de que no conozco en realidad el mundo exterior. Toda la casa está minada de recuerdos, de su rostro y su sonrisa, de sus fotos recordándome que estuvo viva, que no lo imaginé todo, que alguna vez alguien me arropó en la noche, que ya no está. Es el olor de la sangre y esa sensación de vacío que me causaban los gritos de dolor que me persiguen por la noche y que escucho cada vez que entro a su recámara, cada vez que me paro frente a mi closset, cuando entro a su cocina y cuando veo la silla vacía en el último lugar donde se sentó a comer con nosotros. Yo no sé si cuatro meses es poco o mucho, ya casi cinco. Sé que una noche es una eternidad y que las eternidades no se terminan con la muerte, sino que tal vez ahí es donde comienzan, donde comienza el silencio en el que ya no sabes si prefieres el balbuceo de la agonía o el silencio perfecto. Las noches eternas que temes que no se acaben cuando termine septiembre. Y sin embargo me veo a mi misma sentada frente a mi ventana, detrás de mi restirador, esperando a que algo mágico pase cuando termine septiembre y entonces, así sin más, pueda levantar el vuelo y dejar atrás esta cárcel, encontrar cielos nuevos donde ya no haya silencio y el aire dorado del otoño esté lleno de risas y de besos y de abrazos de este ser maravilloso que me puso la vida en el camino para ser la estrella que me guía en mis noches más ocuras, de los pocos que creen todavía que algo tan roto como yo es aún digno de ser amado.

martes, 2 de septiembre de 2014

Atacar la cima. Septiembre

La verdad es que siempre tuve un pretexto, una mala excusa, una buena razón para no intentarlo, para no volar. Aún soy joven, lo sé, pero es extraño ver la vida cuando no creo haber estado viva antes. Creo que sobrevivía, que respiraba a penas, y que esa lucha por respirar me quitó demasiado tiempo, demasiada energía. No imagino que la vida hubiera sido diferente, creo que está en mis genes ser quien soy, el estar triste todo el tiempo, el trabajo que siempre me ha costado respirar, así es como nació este pez morado. Pero no se puede vivir así, ya no puedo. Hace dos semanas que se cumplió un año de que me dije a mi misma "mi misma, no puedes seguir esperando para vivir", tomé mi bici y me fui a Tlaxcala. Tantas cosas han cambiado desde entonces, yo he cambiado tanto, tan rápido. Este año se me ha hecho eterno, demasiadas cosas qué llorar, algunas pocas qué festejar, una que otra que no quisiera recordar y un par que sé que me marcarán para siempre. Y yo no sé si bendecir o maldecir este año que me obligó a descubrir que mis alas nunca estuvieron rotas, que debí comenzar a volar antes, que lo tenía todo. Todo. La vida es una montaña, y no importa cuánta nieve haya allá arriba ni qué tan alto sea ni cuántas eternidades tomará llegar, sé que jamás me perdonaría no haberlo intentado.

 Este año, Septiembre no podrá vencerme.