Ya vinieron a llevarse los rostros tristes de mi pasado. Dos bolsas negras y una caja grande llenas de recuerdos, de etiquetas que no fueron mías desde el principio y una que otra cosa vieja que no valió nunca nada y vale aún menos ahora. No supe cómo hacer que se llevaran también mi tristeza, pero me dejaron la ardilla en la pared.
Y yo me siento tan idiota. ¿Qué será de mi?, de mis miedos, mis tragedias. Estoy cansada y tengo miedo, estoy cansada de tener miedo. Y de no ser capaz de volar sobre los cables y encontrar mis nubes de algodón de dulce. ¿Te conté ese sueño?, cierto sueño recurrente que tengo en el que vuelo pero me da un miedo terrible subir más alto, caerme. así que me enredo entre los cables de luz y al final no vuelo. También estoy cansada de las pesadillas, y de los monstruos. Esos malditos monstruos. Y ya no sé qué pedirle a la vida. Ya no sé cómo escapar, no sé cómo aprender a volar. Ya no sé si quiero aprender a volar.
martes, 24 de febrero de 2015
domingo, 8 de febrero de 2015
La tortuga que aprendió a volar
Hay días en que no sé si soy pez o colibrí o quiero volver a ser tortuga. Qué maldita vida la mía, hoy más que nunca creo que me hubiera gustado nacer en una familia normal, pensar como la gente normal y ser como la gente normal. ¿Qué sería de mi si desde niña me hubieran informado que las niñas no se suben a los árboles?, y deben saber maquillarse, caminar con tacones, pintarse las uñas, peinarse y ser bonitas para los niños. Será por eso que hasta la fecha no tengo muchos amigos, menos amigas.
Yo crecí en las copas de los árboles, compitiendo con mi hermano por la futa más dulce. Como su igual pero al mismo tiempo bajo su sombra. A veces siento pena por él, que siempre fue el mejor, el más brillante, el consentido, y ahora de pronto ya nadie ve que sea tan genial. Ni siquiera él, mucho menos yo. Creo que lo entiendo, hasta cierto punto, supongo. Siempre fuimos muy parecidos, a la vez opuestos. Y me enferma verlo perdiendo su tiempo entre la basura de su cuarto, rendido, hundido, cómodo en su papel de víctima. Me enferma pensar que yo pude haber sido él, supongo que lo que odio de él, es ver mi propio reflejo, rendida, tirada en el piso de mi cuarto intentando hacer que mis músculos reaccionen, arrastrándome hacia la cama y soñando con que alguien pueda venir a rescatarme. Sintiéndome sola en el mundo, sintiéndome vencida por la vida, derrotada y lista para cortarme las venas. Y me odié, odié mi debilidad y mi falta de fé, me odié porque sabía que yo era mejor que eso. Y, por alguna extraña razón, hoy odio que en esta ocasión el no sea mejor que yo. Soy la menor, se supone, él debería cuidarme a mi y no al revés.
Los grandes maestros viven las peores vidas dicen, en el viaje del héroe, más de una vez se ve vencido y sin embargo se levanta, sigue luchando, a pesar de las heridas. Yo estoy cansada de eso, cansada del mundo, cansada de morir de pie. De ser yo y al mismo tiempo no tener ni puta idea de quién se esconde debajo de esta máscara de fortaleza. Tal vez soy débil, como mi hermano, tal vez nunca dejé de ser la torguga que se esconde en su caparazón porque es débil, débil y cobarde.
Y sin embargo tuve aletas. Aprendí a nadar y amé la lluvia. Amé el mar y su silencio, las jacarandas. Amé como no saben amar los cobardes, como sólo los adolescentes ignorantes. Y qué miedo me da eso ahora, confiar como quien ama. O como quien cree que ama de a de veras y luego le rompen el corazón. Como quien no sabe lo que es amor ni la confianza y se deja encerrar, soñando con ser libre. En mis te amos también exhalo miedo, miedo de amarte y que luego resulte que eres como todos y algo no me estás diciendo, me traicionarás. Y sin embargo con la certeza de que no, de que tú eres diferente, demasiado bueno para ser verdad, demasiado increible para creerte. Y miedo de que mi miedo me lleve a perderte, y miedo de al final perderte, porque eras demasiado perfecto. Y tu miedo me da miedo también, y creo que aquí hay demasiado miedo para ser amor.
Pero te amo, y te amo como no sabía que era posible. Te amo como adolescente pero con miedo, miedo de amar como nunca antes había amado. Miedo de amarte tanto que podría llegar al punto en el que muera si un día me haces falta. Y te amo, amo tu tibieza, tu mirada, tus abrazos. Amo tu sinceridad y la confianza que me da sentirme querida, respetada, contigo, te amo. Y te amé desde el primer día, te amo. Y te amo tanto que me das miedo. El amor nos hace vulnerables, y eso nos da miedo. El amor da miedo, pero el amor no es miedo. Es raro amarte, tanto como te amo.
Y volar también da miedo, porque de niña me dijeron que la gente que vuela, vuela sola. Y que la soledad es mala, pero buena compañera. Que la soledad es triste, pero segura. Pero qué podría haber más inseguro que volar. La gente que vuela, puede caerse. Y sin embargo me enseñaron sus fotos de vuelo y me enseñaron a volar vuelos cortos y me enseñaron a sentir el viento y amar las nubes, nubes de algodón de dulce. Y me enseñaron volar, pero siempre por debajo de los cables. Me enseñaron a volar, pero me tiraron del nido demasiado pronto, con demasiada violencia. Crecí entre las copas de los árboles, como colibrí. Y ellos no tienen miedo, confían en que sus pequeñas alas son fuertes y vuelan lejos, lejos. Los colibríes disléxicos no nacieron para las oficinas. Yo no sé en qué estaba pensando.
Yo crecí en las copas de los árboles, compitiendo con mi hermano por la futa más dulce. Como su igual pero al mismo tiempo bajo su sombra. A veces siento pena por él, que siempre fue el mejor, el más brillante, el consentido, y ahora de pronto ya nadie ve que sea tan genial. Ni siquiera él, mucho menos yo. Creo que lo entiendo, hasta cierto punto, supongo. Siempre fuimos muy parecidos, a la vez opuestos. Y me enferma verlo perdiendo su tiempo entre la basura de su cuarto, rendido, hundido, cómodo en su papel de víctima. Me enferma pensar que yo pude haber sido él, supongo que lo que odio de él, es ver mi propio reflejo, rendida, tirada en el piso de mi cuarto intentando hacer que mis músculos reaccionen, arrastrándome hacia la cama y soñando con que alguien pueda venir a rescatarme. Sintiéndome sola en el mundo, sintiéndome vencida por la vida, derrotada y lista para cortarme las venas. Y me odié, odié mi debilidad y mi falta de fé, me odié porque sabía que yo era mejor que eso. Y, por alguna extraña razón, hoy odio que en esta ocasión el no sea mejor que yo. Soy la menor, se supone, él debería cuidarme a mi y no al revés.
Los grandes maestros viven las peores vidas dicen, en el viaje del héroe, más de una vez se ve vencido y sin embargo se levanta, sigue luchando, a pesar de las heridas. Yo estoy cansada de eso, cansada del mundo, cansada de morir de pie. De ser yo y al mismo tiempo no tener ni puta idea de quién se esconde debajo de esta máscara de fortaleza. Tal vez soy débil, como mi hermano, tal vez nunca dejé de ser la torguga que se esconde en su caparazón porque es débil, débil y cobarde.
Y sin embargo tuve aletas. Aprendí a nadar y amé la lluvia. Amé el mar y su silencio, las jacarandas. Amé como no saben amar los cobardes, como sólo los adolescentes ignorantes. Y qué miedo me da eso ahora, confiar como quien ama. O como quien cree que ama de a de veras y luego le rompen el corazón. Como quien no sabe lo que es amor ni la confianza y se deja encerrar, soñando con ser libre. En mis te amos también exhalo miedo, miedo de amarte y que luego resulte que eres como todos y algo no me estás diciendo, me traicionarás. Y sin embargo con la certeza de que no, de que tú eres diferente, demasiado bueno para ser verdad, demasiado increible para creerte. Y miedo de que mi miedo me lleve a perderte, y miedo de al final perderte, porque eras demasiado perfecto. Y tu miedo me da miedo también, y creo que aquí hay demasiado miedo para ser amor.
Pero te amo, y te amo como no sabía que era posible. Te amo como adolescente pero con miedo, miedo de amar como nunca antes había amado. Miedo de amarte tanto que podría llegar al punto en el que muera si un día me haces falta. Y te amo, amo tu tibieza, tu mirada, tus abrazos. Amo tu sinceridad y la confianza que me da sentirme querida, respetada, contigo, te amo. Y te amé desde el primer día, te amo. Y te amo tanto que me das miedo. El amor nos hace vulnerables, y eso nos da miedo. El amor da miedo, pero el amor no es miedo. Es raro amarte, tanto como te amo.
Y volar también da miedo, porque de niña me dijeron que la gente que vuela, vuela sola. Y que la soledad es mala, pero buena compañera. Que la soledad es triste, pero segura. Pero qué podría haber más inseguro que volar. La gente que vuela, puede caerse. Y sin embargo me enseñaron sus fotos de vuelo y me enseñaron a volar vuelos cortos y me enseñaron a sentir el viento y amar las nubes, nubes de algodón de dulce. Y me enseñaron volar, pero siempre por debajo de los cables. Me enseñaron a volar, pero me tiraron del nido demasiado pronto, con demasiada violencia. Crecí entre las copas de los árboles, como colibrí. Y ellos no tienen miedo, confían en que sus pequeñas alas son fuertes y vuelan lejos, lejos. Los colibríes disléxicos no nacieron para las oficinas. Yo no sé en qué estaba pensando.
Si me crecen alas, volarías conmigo?
sábado, 7 de febrero de 2015
Canciones.
Una vez le dije a mi mamá que me gustaba esa canción. Me dijo que era demasiado pequeña para entenderla, lo que no entendí fue su respuesta y por supuesto, tampoco entendía la canción. Pero era bonita y fue mi primer canción favorita. Habré tenido unos 6, 7 años.
(Aquellas pequeñas cosas, Joan Manuel Serrat)
(Aquellas pequeñas cosas, Joan Manuel Serrat)
jueves, 22 de enero de 2015
Heridas y traiciones
Hay una niña de 15 años, pelo rosa y uñas negras, llorando, abandonada, herida, traicionada. Me pregunto qué fué lo que hice mal, y me respondo. Dejé que fuera muriendo poco a poco, después de tantas promesas, al final resulta que me dejé crecer. No leí el Principito suficientes veces, no fui capaz de dejarme tener faltas de ortografía. Y ahí está, la veo, burlándose entre lágrimas de mi patético intento de no verme como un godinez cualquiera llevando la bicicleta a la oficina. Me grita y me pregunta, ¿Por qué me has tracionado?
¿Qué fue lo que hicimos mal pequeña? ¿En qué lugar del camino se nos olvidaron las promesas? ¿Cuándo fue que se nos perdió la dignidad? Podría culparte, ignorarte, tratarte como a la niña que eres y decirte que no lo entiendes porque no eres un adulto. Lo que pasa es que tú nunca has tenido hambre, y entonces me dirás con tus ojos tristes de siempre que te prometí que nunca tendría miedo. Que sería libre. Que conocería el mundo, que me dejaría ser artisra, que seríamos felices. Hoy me marchito encerrada en una oficina, vestida de gris, quieta y en silencio, como sólo los adultos saben estar.
Hay una niña llorando, aquí dentro, muy muy dentro, que me pregunta una y otra vez si de veras dejaré ganar al hombre del traje gris. Y yo no quiero, no quiero, no quiero. No quiero que mis sueños queden sobre la repisa, tengo miedo. No quiero traicionarme, abandonarme, herirme una vez más, de maneras cada vez más creativas. Y el monstruo al que tanto temí no es más pequeño cuando me le acerco, esta vez, me ataca y muerde cada vez un poco más fuerte.
¿Qué hicimos mal pequeña? ¿Cuándo fue que le agarramos tanto miedo a la vida?
¿Qué fue lo que hicimos mal pequeña? ¿En qué lugar del camino se nos olvidaron las promesas? ¿Cuándo fue que se nos perdió la dignidad? Podría culparte, ignorarte, tratarte como a la niña que eres y decirte que no lo entiendes porque no eres un adulto. Lo que pasa es que tú nunca has tenido hambre, y entonces me dirás con tus ojos tristes de siempre que te prometí que nunca tendría miedo. Que sería libre. Que conocería el mundo, que me dejaría ser artisra, que seríamos felices. Hoy me marchito encerrada en una oficina, vestida de gris, quieta y en silencio, como sólo los adultos saben estar.
Hay una niña llorando, aquí dentro, muy muy dentro, que me pregunta una y otra vez si de veras dejaré ganar al hombre del traje gris. Y yo no quiero, no quiero, no quiero. No quiero que mis sueños queden sobre la repisa, tengo miedo. No quiero traicionarme, abandonarme, herirme una vez más, de maneras cada vez más creativas. Y el monstruo al que tanto temí no es más pequeño cuando me le acerco, esta vez, me ataca y muerde cada vez un poco más fuerte.
¿Qué hicimos mal pequeña? ¿Cuándo fue que le agarramos tanto miedo a la vida?
domingo, 18 de enero de 2015
Hoy vi una jacaranda con flores. COn flores color violeta jacaranda. Y tuve por un momento la impresión de que tal vez era una señal, de que tal vez todo había terminado, de que tal vez todo va a estar bien.
No sé si puedo contra este mundo. No nací para este mundo, este mundo estúpido, ilógico, mal encuadrado. Yo no sé cómo es que no se dan cuenta, como es posible que sen tan idiotas, cómo pueden creer que este mudno está bien así como está. Son simios amaestrados que caminan en dos patas y se creen mejores porquecreen que saben sumar dos mas dos. Son pendejos, todos ellos, son ciegos ignorantes, retrasados mentales, necios desalmados irracionales egoistas, son todo lo que desprecian y no son capaces de darse cuenta. Son ellos todo lo que odian y odian como i no hubiera un mañana. Y yo no quiero vivir en este mundo. Ya no quiero vivir en este mundo. Este mundo no srve. Hay que tirarlo a la basura y empezar de nuevo. Hay que tirarlo a la basura y caer en cuenta por fin de que la existencia es un error.
No sé si puedo contra este mundo. No nací para este mundo, este mundo estúpido, ilógico, mal encuadrado. Yo no sé cómo es que no se dan cuenta, como es posible que sen tan idiotas, cómo pueden creer que este mudno está bien así como está. Son simios amaestrados que caminan en dos patas y se creen mejores porquecreen que saben sumar dos mas dos. Son pendejos, todos ellos, son ciegos ignorantes, retrasados mentales, necios desalmados irracionales egoistas, son todo lo que desprecian y no son capaces de darse cuenta. Son ellos todo lo que odian y odian como i no hubiera un mañana. Y yo no quiero vivir en este mundo. Ya no quiero vivir en este mundo. Este mundo no srve. Hay que tirarlo a la basura y empezar de nuevo. Hay que tirarlo a la basura y caer en cuenta por fin de que la existencia es un error.
miércoles, 24 de diciembre de 2014
La ardilla en la pared
Encontré una ardilla escondida sobre los libros que planeo regalar o vender, envuelta en un pedazo de gamuza azul, ahí, haciendo polvo en su rincón. Y me dio por limpiarla, devolverle su luz. La recuerdo colgada en no recuerdo qué pared en alguna casa de las tantas que he habitado, recuerdo también el día en que tuve que rescatarla de las ideas de mi madre de deshacerse de lo viejo para dar lugar a lo nuevo. Y no me había dado cuenta de que estos días he estado haciendo justo lo mismo con una voz detrás de mi que me dice "No, un día podrías volver a usarlo". No se trata de deshacerme de las cosas ni de los recuerdos, sino de avanzar hacia el futuro libre del pasado. No sé si abandono o simplemente perdono, perdono mi pasado, perdono mis errores, me libero de las cosas que creí ser pero hoy no estoy tan segura. No estoy segura de quién soy y ese es el problema. Tal vez sin tantas cosas qué cargar tenga una visión un poco más clara, más ligera. Y sin embargo me encuentro a mi misma limpiando la ardilla de la pared, ¿Qué simboliza más las ataduras con el pasado que una figurilla inútil y vieja que me hace llorar cuando paso el pincel por los pliegues?, me acordé tanto de mi madre, supongo que la entendí de cierta manera. ¿Pero qué se supone que deba sentir cuando es ella a quien busco dejar atrás?, mi infancia, mi adolescencia, mis recuerdos por valiosos o insignificantes que sean. Me hacen falta cajas, bolsas negras, para esconder lo que dejo atrás y evitar la tentación de regresar uno que otro libro a la repisa, para evitarme la pena de ver los rostros tristes de mi pasado saliendo de mi casa.
Me siento como flotando en el limbo, ya no habito esta casa que siempre sentí ajena, que nunca me atreví a decorar por miedo a construir demasiado en un lugar que sabía nunca sería mío. Y no entiendo a los que han vivido siempre en el mismo lugar, estoy segura de que no están concientes de la cantidad de cosas que van cargando a cuestas, que consumen su energía sin que se den cuenta. Y recordé de nuevo a mi madre cuando alguna vez me dijo "uno nunca sabe lo que tiene hasta que se cambia de casa". Y seleccionar de mi pasado lo que se va y lo que se queda ha sido un proceso de autoconocimiento muy interesante. Descubrí que le tengo tanto miedo al mundo exterior que escondo lo más que puedo al grado de que yo misma no sé quién soy, y que le tengo tanto miedo a mi interior que no soy capaz de sacar las cosas de sus repisas para descubrir qué tanto dejé detrás. Y es por eso que quiero tirar tanto a la basura, tengo tantas cosas que es inevitable que muchas se queden detrás de otras, escondidas de mi misma y del mundo. Estoy cansada de eso, estoy cansada de todos los libros que mis dos padres atesoraban y cuidaban, de tantas cosas viejas que los definieron a ellos y que ahora me hastía que me definan a mi, que no me dejan ver qué hay detrás, qué hay donde no hay nada y soy yo en esencia.
Pero, ¿Qué hago con la ardilla de la pared? ¿Debería fríamente mandarla a las bolsas negras entre los rostros tristes?, ella no lo merece, es bonita y siempre me ha inspirado cariño. Y sin embargo tal vez mi madre tenía razón y tendría que haber dejado la casa hace ya muchos años. Pero la veo ahí, tendida sobre el restirador, con qué trabajo está modelada y pintada, es tan vieja que seguramente fue hecha a mano, es hermosa. Me sorprende, y un trabajo así no debería jamás romperse, recuerdos como ese deberían abrazarse, cuidarse como parte de uno mismo, hay recuerdos bellos que nos definen, e historias tristes que nos enseñaron a ser quienes somos. Te dicen "toma lo bueno y olvida lo malo", pero es en lo malo donde están las lecciones más valiosas, las que mejor se instalaron en el corazón, las enseñanzas que jamás olvidaremos. Me pregunto si es por completo inevitable que el pasado nos defina. Pero no puedo evitar sentir que no debería darle tanto valor, que las cosas son solo cosas como decía mi madre y debemos tratarlas como tal. Y que la ardilla no vale nada, que es sólo una ilusión, que el tiempo no existe y la ardilla existirá siempre tal cual como existe ahora, con sus ojos negros parecen mirarte, abrazando su bellota como diciendo "es mía y no dejaré que te la lleves".
Yo creo que es hora de irme, que ya no tengo tiempo de esconderme ni de hojear páginas muertas del pasado ni de no saber quién soy. Tal vez mis tenis rojos, tan nuevos y tan viejos, sean quienes me señalen el camino de regreso a casa.
Me siento como flotando en el limbo, ya no habito esta casa que siempre sentí ajena, que nunca me atreví a decorar por miedo a construir demasiado en un lugar que sabía nunca sería mío. Y no entiendo a los que han vivido siempre en el mismo lugar, estoy segura de que no están concientes de la cantidad de cosas que van cargando a cuestas, que consumen su energía sin que se den cuenta. Y recordé de nuevo a mi madre cuando alguna vez me dijo "uno nunca sabe lo que tiene hasta que se cambia de casa". Y seleccionar de mi pasado lo que se va y lo que se queda ha sido un proceso de autoconocimiento muy interesante. Descubrí que le tengo tanto miedo al mundo exterior que escondo lo más que puedo al grado de que yo misma no sé quién soy, y que le tengo tanto miedo a mi interior que no soy capaz de sacar las cosas de sus repisas para descubrir qué tanto dejé detrás. Y es por eso que quiero tirar tanto a la basura, tengo tantas cosas que es inevitable que muchas se queden detrás de otras, escondidas de mi misma y del mundo. Estoy cansada de eso, estoy cansada de todos los libros que mis dos padres atesoraban y cuidaban, de tantas cosas viejas que los definieron a ellos y que ahora me hastía que me definan a mi, que no me dejan ver qué hay detrás, qué hay donde no hay nada y soy yo en esencia.
Pero, ¿Qué hago con la ardilla de la pared? ¿Debería fríamente mandarla a las bolsas negras entre los rostros tristes?, ella no lo merece, es bonita y siempre me ha inspirado cariño. Y sin embargo tal vez mi madre tenía razón y tendría que haber dejado la casa hace ya muchos años. Pero la veo ahí, tendida sobre el restirador, con qué trabajo está modelada y pintada, es tan vieja que seguramente fue hecha a mano, es hermosa. Me sorprende, y un trabajo así no debería jamás romperse, recuerdos como ese deberían abrazarse, cuidarse como parte de uno mismo, hay recuerdos bellos que nos definen, e historias tristes que nos enseñaron a ser quienes somos. Te dicen "toma lo bueno y olvida lo malo", pero es en lo malo donde están las lecciones más valiosas, las que mejor se instalaron en el corazón, las enseñanzas que jamás olvidaremos. Me pregunto si es por completo inevitable que el pasado nos defina. Pero no puedo evitar sentir que no debería darle tanto valor, que las cosas son solo cosas como decía mi madre y debemos tratarlas como tal. Y que la ardilla no vale nada, que es sólo una ilusión, que el tiempo no existe y la ardilla existirá siempre tal cual como existe ahora, con sus ojos negros parecen mirarte, abrazando su bellota como diciendo "es mía y no dejaré que te la lleves".
Yo creo que es hora de irme, que ya no tengo tiempo de esconderme ni de hojear páginas muertas del pasado ni de no saber quién soy. Tal vez mis tenis rojos, tan nuevos y tan viejos, sean quienes me señalen el camino de regreso a casa.
Yo sé que es hora de volar, y los libros pesan demasiado.
Pero, ¿Qué hago con la ardilla en la pared?
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Empacar la vida
Contemos.... 1... 2... 3... 4... 5... 6... .... sí, en mi vida me he mudado 6 veces. Y 7 es un buen número, es un número importante, es mi número favorito. Comenzaré por empacar las tortugas, antes, a cada una le tomaré una foto. Y lo haré no porque me vaya justo en este momento, empaque mis tortugas y les enseñe a volar, sino como un símbolo de que la casa en la que habito ya no es más mi casa. Volaremos pronto, sí, y me gusta pensar que comenzaremos una linda aventura. Tendrán una tabla más grande, donde quepan sin amontonarse, y tal vez una vitrina. Espero que no sean sólo ellas quienes estén más cómodas allá donde sea que vayamos a volar, espero que allá los cielos sean azules y haya más locos como yo que quieran volver a sentirse perros. Y quiero creer que mis alas son fuertes ahora y libres como nunca antes lo han sido. Volaré aunque no lo sean, volaré. Pero justo ahora no puedo evitar llorar de pensar en cómo será cuando mi hermano y yo nos repartamos lo poco que queda de una infancia feliz que se fue haciendo pedazos a golpe de muertes, de ausencias y de bolitas de papel. Cómo será cuando al fin en la puerta y con el camión listo nos demos un abrazo y volemos cada quién hacia su cielo, solos como nunca hemos estado antes. Tengo miedo, sí, pero le llamaré vértigo a esta adrenalina de comenzar una historia nueva, una historia donde sólo yo tenga papel y letras. Es triste, no lo negaré, ver una vez más, otra vez y hasta el cansancio, cajas de cartón que encierran todo aquello que por ahora creo ser. Pero ya veré cómo es que va saliendo la vida, por ahora tendré fé, y saltaré al vacío.
iztapalapa 1
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coyoacán
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